QUE MI HIJO NUNCA SE APARTE DE TI DIOS, QUE SIEMPRE TE BUSQUE
Yo recé esa oración todos los días desde que mi hijo nació. Pero cuando cumplió 15 años, sentí que Dios no me había escuchado. Mi hijo se apartó. Se metió en drogas, en fiestas, en malas amistades. Pensé que lo había perdido para siempre. Hasta que una noche, a las 3 de la mañana, sonó mi teléfono y una voz me dijo: “Su hijo está aquí, venga a buscarlo”. Y lo que encontré en ese lugar me hizo entender que mi oración sí había sido escuchada, pero de una forma que nunca imaginé.
Me llamo Gabriela. Tengo 45 años. Soy mamá de un solo hijo: Sebastián. Lo tuve a los 30, después de 5 años de intentar. Fue un hijo muy buscado, muy orado. Desde que estaba en mi panza, yo le ponía la mano y le decía: “Que nunca te apartes de Dios, hijo. Que siempre lo busques”.
Sebastián fue un niño de iglesia. De esos niños que levantan la mano en misa, que hacen de monaguillo, que rezan el rosario sin que nadie se lo pida. A los 8 años hizo su primera comunión vestido de blanco, con una sonrisa que iluminaba la iglesia. El padre de la parroquia me dijo: “Gabriela, tu hijo tiene vocación. Tiene un corazón para Dios”.
Yo era la mamá más orgullosa del mundo. Tenía el dibujo que ves ahora pegado en su cuarto: Jesús abrazando a un niñito que reza. Se lo había hecho pintar para su comunión. Abajo decía: “Que mi hijo nunca se aparte de ti Dios que siempre te busque”. Todos los días lo veía y decía amén.
Todo cambió a los 13. La adolescencia. Sebastián entró a secundaria. Conoció amigos nuevos. Amigos que no iban a misa. Amigos que escuchaban música que yo no conocía, que hablaban de cosas que yo no entendía.
Al principio fueron cosas pequeñas. Ya no quería ir a misa el domingo. Decía: “Mamá, me aburro”. Yo lo obligaba. Después, ya no quería rezar en la noche. Decía: “Mamá, estoy cansado”. Después, empezó a contestarme feo. A decirme: “Tú y tu Dios, déjame en paz”.
Yo lloraba. Me arrodillaba frente a ese dibujo, el mismo de la foto, y le decía a Dios: “Te pedí que nunca se apartara de ti. ¿Por qué se está apartando?”.
A los 15, Sebastián se volvió otro. Se hizo un tatuaje pequeño en el brazo a escondidas. Empezó a llegar con los ojos rojos. A oler a cigarro. Un día encontré en su mochila un frasquito con marihuana. Lo confronté. Me gritó: “¡Es mi vida! ¡Deja de meter a tu Dios en todo!”.
Me dio una cachetada en el corazón. Mi hijo, mi niño monaguillo, me estaba gritando y tenía drogas en su mochila.
Su papá y yo lo castigamos. Le quitamos el celular. Se escapó por la ventana. Volvió a las 3 de la mañana, borracho, a los 15 años.
Empezó a reprobar. El padre de la iglesia me dijo: “Gabriela, no lo obligues. Si lo obligas, más se aleja. Solo reza. Tu oración de madre es más fuerte que cualquier droga”.
Y eso hice. Todas las noches, a las 3 de la mañana, me levantaba, me arrodillaba en su cuarto mientras él dormía borracho o drogado, y ponía mi mano sobre su cabeza y rezaba la oración del cuadro: “Que mi hijo nunca se aparte de ti Dios que siempre te busque”. Aunque en ese momento, él estaba más apartado que nunca.
El peor día fue hace 6 meses. Sebastián tenía 17. Había desaparecido desde el viernes. Era domingo y no había vuelto. No contestaba el celular. Su papá y yo estábamos desesperados. Fuimos a casa de sus amigos. Nadie sabía. Fuimos a la policía.
A las 3:12 de la madrugada del lunes, sonó mi teléfono. Era un número desconocido. Contesté temblando.
“¿Es la mamá de Sebastián?”.
“Sí, sí soy yo, ¿dónde está mi hijo? ¿Está bien?”.
“Su hijo está aquí en el hospital. Tuvo una sobredosis. Lo trajeron unos amigos y lo dejaron en la puerta. Está vivo, pero está muy mal. Venga rápido”.
Sentí que me moría. Mi esposo y yo salimos corriendo al hospital. Cuando llegamos, Sebastián estaba en una camilla, con suero, pálido, flaco, con ojeras negras. Tenía 17 años y parecía de 30. Estaba temblando por la abstinencia.
Me acerqué. Le agarré la mano. Le dije: “Hijo, estoy aquí”.
Él abrió los ojos. Lloró. Me dijo: “Mamá, perdóname. Quise volver a Dios y no pude. Me metí muy hondo y no supe cómo salir. Le recé y sentí que Él no me escuchaba”.
Y en ese momento, en esa sala de urgencias fea, con olor a alcohol, yo entendí todo. Saqué mi celular. Le mostré la foto. La foto que estás viendo ahora. La que tenía guardada como fondo de pantalla desde que él tenía 8 años. Jesús abrazando a un niño que reza.
Le dije: “Hijo, mira. Él nunca te soltó. Mira sus manos. Están alrededor tuyo. Tú te apartaste, pero Él nunca se apartó de ti. Siempre estuvo abrazándote, aunque tú no lo veías. Por eso sigues vivo. Porque mi oración decía: que nunca se aparte de ti. Y Él te abrazó tan fuerte que no dejó que la droga te llevara”.
Sebastián miró la imagen y se puso a llorar como un niño de 8 años. Como el día de su comunión.
Ese día empezó su rehabilitación. Lleva 6 meses limpio. Va a un centro de jóvenes. Volvió a misa. El domingo pasado, después de 4 años, volvió a ser monaguillo. El padre lo abrazó frente a toda la iglesia. Toda la iglesia lloró.
Ayer, me pidió que le imprimiera el dibujo de nuevo. El de Jesús abrazando al niño. Me dijo: “Mamá, ponlo en mi cuarto de nuevo. Pero ahora ponle abajo: Gracias por nunca soltarme”.
Si tú hoy tienes un hijo adolescente que se apartó, que se metió en drogas, en alcohol, en malas juntas, que ya no quiere saber nada de Dios.
No dejes de rezar. No importa que lo veas perdido. No importa que te grite que no cree.
Tu oración está haciendo lo que hace Jesús en el dibujo: lo está abrazando por detrás, aunque él no lo sienta, para que no se caiga al abismo.
Sigue diciendo cada noche: “Que mi hijo nunca se aparte de ti Dios que siempre te busque”. Porque te juro que un día, a las 3 de la mañana, Dios te va a llamar y te va a decir: tu hijo volvió.
Si esta historia tocó tu corazón, escribe AMÉN y el nombre de tu hijo que se apartó, vamos a orar por él. Comparte este dibujo con una madre que hoy llora por un hijo perdido. Dile que Jesús lo sigue abrazando.