DIOS APARTA A MI HIJO DE MALAS AMISTADES, LLÉVALO POR BUEN CAMINO
Yo recé esa oración todos los días durante un año, viendo como mi hijo se iba por el camino oscuro, con esas malas amistades de capucha. Pensé que lo había perdido. Hasta que un día, en esa misma encrucijada, Dios le puso la mano y le mostró el otro camino, el de los niños buenos. Y mi hijo eligió bien.
Me llamo Mariela. Tengo 40 años. Soy mamá de Santino, de 12 años. Y este dibujo que ves, del niño en el medio de dos caminos, uno oscuro con siluetas negras y uno de luz con niños buenos, con la mamá rezando atrás y las manos de Dios arriba, es literalmente lo que pasó con mi hijo. Yo lo vi con mis propios ojos.
Santino siempre fue un niño bueno. Muy bueno. De esos niños que sacan 10 en todo, que ayudan a la abuela, que no dicen malas palabras. Vivimos en un barrio donde, lamentablemente, hay mucha droga. Mucha esquina. Muchos chicos que a los 12 ya fuman, ya roban.
Cuando Santino cumplió 11, entró a sexto grado. Y ahí conoció a tres chicos. Tres chicos más grandes, de 14, que repetían de grado. Que usaban capucha negra, como los del dibujo. Que se la pasaban en la esquina, fumando.
Al principio, Santino me decía: “Son mis amigos, mamá”. Yo le decía: “Hijo, esos no son amigos, aléjate”. Pero él me contestaba: “Tú no sabes nada, ellos me defienden, ellos son cool”.
Empezó a llegar tarde a casa. A contestarme feo. Un día le revisé la mochila y encontré un cigarro. Un cigarro de marihuana. Tenía 11 años.
Lo reté. Lloró. Me prometió que no lo iba a hacer más. Pero al mes siguiente, me llamó la directora. Santino le había robado 20 dólares a una compañerita para comprarle un vape a uno de esos chicos de capucha. Le había robado.
Me caí de rodillas en la dirección de la escuela. Mi hijo, mi hijo bueno, se estaba yendo por el camino oscuro. El camino de la izquierda del dibujo.
Empecé a rezar. Todas las noches. No lo retaba más, porque si lo retaba se iba más. Me arrodillaba atrás de él, sin que me viera, cuando él se iba a la esquina con esos chicos, y rezaba la oración del dibujo: “Dios, aparta a mi hijo de malas amistades, llévalo por buen camino”.
Durante meses, parecía que Dios no me escuchaba. Santino cada vez estaba más metido. Ya no jugaba a la pelota. Ya no quería ir a la iglesia. Solo quería estar con los de capucha.
Hasta que un viernes, hace 2 meses, pasó algo.
Eran las 6 de la tarde. Santino se había ido con los de capucha a la plaza. Yo lo seguí de lejos, escondida, rezando. Los vi. Estaban en una esquina oscura, tomando, fumando. Y vi como uno de ellos le ofrecía algo a Santino. Una pastilla.
Santino la agarró. Se la quedó mirando. Estaba a punto de metérsela en la boca.
Yo quise salir corriendo, gritar. Pero algo me detuvo. Sentí que tenía que dejar que él eligiera. Que era su encrucijada.
En ese momento, por el otro lado de la plaza, venían tres niños. Tres compañeritos de Santino de la iglesia, del grupo de monaguillos. Niños buenos, con sus mochilas, riéndose, con luz. Igualitos a los tres niños con aureola del dibujo. Uno de ellos vio a Santino y le gritó: “¡Santi! ¡Vení a jugar a la pelota con nosotros!”.
Santino se quedó en el medio. En una mano tenía la pastilla de los malos. En el otro lado, tenía a los buenos invitándolo a jugar. Estaba en el medio, como en el dibujo, tocándose la barbilla, pensando.
Y en ese momento, yo juro por Dios que vi dos manos gigantes de luz bajando del cielo, justo sobre los tres niños buenos, iluminándolos. Como en el dibujo.
Santino tiró la pastilla al suelo. La pisó. Y corrió hacia los niños buenos. Hacia la pelota. Hacia la luz.
Los de capucha le gritaron: “¡Sos un cagón!”. Pero él no volvió.
Esa noche volvió a casa temprano. Entró llorando y me abrazó. Me dijo: “Mamá, perdóname. Casi la cago. Casi me meto algo. Pero vi a los chicos de la iglesia y sentí que Dios me estaba diciendo que fuera con ellos. ¿Tú rezaste por mí, verdad?”.
Le mostré el dibujo que yo había mandado a hacer hacía un mes, con su misma escena: él en el medio, los malos de capucha a la izquierda, los buenos con aureola a la derecha, yo rezando atrás y las manos de Dios.
Me dijo: “Mamá, es exactamente lo que me pasó hoy. Exactamente”.
Hoy Santino volvió a ser monaguillo. Ya no se junta con los de capucha. Se junta con los tres niños buenos. Juegan a la pelota, van a la iglesia, sacan buenas notas.
Si tú hoy ves a tu hijo yéndose por el camino oscuro, con malas amistades, con capucha, con vicios.
No lo ates. No le pegues. Arrodíllate atrás de él, como la mamá del dibujo, y reza con toda tu fe:
“Dios, aparta a mi hijo de malas amistades, llévalo por buen camino”.
Porque te juro que Dios va a poner en la otra esquina a tres niños buenos, con luz, y le va a poner sus dos manos gigantes para que tu hijo vea el buen camino.
Escribe AMÉN y el nombre de tu hijo que está con malas amistades, vamos a orar por él. Comparte este dibujo con una mamá que hoy llora porque su hijo se junta con malas amistades.