SEÑOR PON TU MANO SANADORA SOBRE MI FAMILIA ENFERMA SÁNALOS TÚ AMÉN

SEÑOR PON TU MANO SANADORA SOBRE MI FAMILIA ENFERMA SÁNALOS TÚ AMÉN

Yo no dormí durante 4 días. Mis tres hijos ardían en fiebre. 39, 40 grados. Tosían, vomitaban. Yo no tenía para el doctor. Solo tenía esta oración que ves en el dibujo. La dije de rodillas al lado de su cama, igual que la mamá de la foto. Y Dios puso su mano.

Me llamo Sandra. Tengo 31 años. Soy mamá de tres: Thiago de 7, Luna de 5 y Benja de 3. Y esta imagen que ves, de la mamá arrodillada al lado de la cama con tres niños dormidos enfermos y Jesús en el cielo mandando luz, es mi foto. Es lo que viví hace un mes.

Todo empezó un lunes. Luna vino de la escuela con fiebre. 38 grados. Pensé que era gripe. Le di paracetamol que me quedaba. Al día siguiente, Thiago empezó también. Fiebre, dolor de garganta, no quería comer.

Al tercer día, Benja, el más chiquito, empezó a vomitar. No paraba de vomitar. Tenía diarrea. 39.5 de fiebre.

Los tres en la misma cama, porque solo tengo una cama grande, igualita a la de madera del dibujo, con la mesita de luz y el vasito de agua y las plantitas de lavanda en la ventana, igualito.

Yo no tenía obra social. Mi esposo nos dejó hace un año y no me pasa plata. Trabajo vendiendo ropa usada en la feria. Esa semana no pude ir a la feria porque mis hijos estaban enfermos, así que no tenía un peso.

Los llevé a la salita del barrio. Había 50 personas esperando. Me atendieron después de 4 horas. El doctor los miró 2 minutos y me dijo: “Es un virus. Mucha agua y paracetamol”. No me dio remedios. Me dijo que si seguían así los llevara al hospital.

Pero no mejoraban. Al contrario. El jueves a la noche, Luna convulsionó por la fiebre. 40 grados. Se le pusieron los ojos blancos. Grité. Pensé que se moría.

La cargué y salí corriendo a la calle a pedir ayuda. Eran las 2 de la mañana. Llovía. Nadie me ayudaba.

Volví a mi casa, la acosté, le puse paños fríos. Los tres lloraban. Yo también.

Me arrodillé al lado de la cama, como la mamá del dibujo, con las manos juntas, y recé. No tenía palabras lindas. Solo dije lo que dice el dibujo, gritando, llorando:

“¡Señor, pon tu mano sanadora sobre mi familia enferma! ¡Sánalos tú! ¡Yo no puedo más! ¡Amén!”.

Me quedé dormida de rodillas, de la angustia.

Me desperté a las 6 de la mañana con algo raro. Mis hijos dormían, pero respiraban tranquilos. Les toqué la frente. A Luna ya no le ardía tanto. A Thiago tampoco. Benja ya no vomitaba.

A las 8, se despertaron. Luna me dijo: “Mamá, tengo hambre”. Thiago me pidió agua. Benja se rió por primera vez en 4 días.

Yo no entendía. Les volví a tomar la fiebre. 37.5 los tres. Había bajado un grado y medio de golpe, todos juntos.

Ese mismo día, a las 10, tocó la puerta mi vecina, Doña Marta. Una señora de 70 años que va a la iglesia. Me dijo: “Sandra, anoche te escuché gritar. Soñé con tus hijos enfermos. Dios me dijo que te trajera esto”. Me trajo una bolsa con antibióticos para niños, ibuprofeno, suero, y un caldo de pollo caliente. Me dijo que su hija es enfermera y que le había sobrado de su trabajo.

Le dije: “¿Cómo sabías que necesitaba antibióticos?”. Me dijo: “No sabía, Dios me dijo”.

A la tarde, vino otra vecina y me trajo fruta. Otra me trajo plata para comprar más remedios.

En 48 horas, mis tres hijos estaban sanos. Jugando, corriendo, riéndose. Como si nada hubiera pasado.

El doctor de la salita me dijo cuando los llevé a control: “Es raro, este virus dura 10 días con fiebre alta, los tuyos se curaron en 5. Qué suerte”.

Yo no creo que fue suerte. Yo creo que fue la mano. La mano sanadora que bajó del cielo esa noche que yo recé de rodillas.

Mandé a hacer este dibujo exactamente como lo viví: mis tres hijos en mi cama, yo de rodillas rezando, y Jesús arriba, entre las nubes, con su luz dorada cayendo sobre ellos.

Lo tengo pegado en la cabecera de mi cama. Cada noche que mis hijos se acuestan, lo toco y digo: “Gracias por tu mano sanadora”.

Si tú hoy estás leyendo esto con un hijo enfermo, con fiebre, con tos, en el hospital, con cáncer, con algo que los doctores no pueden curar.

No te quedes solo llorando. Arrodíllate al lado de su cama, como la mamá del dibujo, agarra su manita caliente y di conmigo, con toda tu fe de madre:

“Señor, pon tu mano sanadora sobre mi familia enferma. Sánalos tú. Amén”.

Porque te juro por la frente de mis tres hijos que ya no arde, que hay una mano que sí sana. Que baja del cielo y que toca lo que los remedios no pueden tocar.

Escribe AMÉN y el nombre de tu familiar enfermo, vamos a orar para que la mano sanadora de Dios lo toque hoy. Comparte este dibujo con una mamá que hoy no duerme porque su hijo está enfermo.

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