AUNQUE TE SIENTAS SOLA, DIOS DICE NUNCA TE DEJARÉ, YO ESTOY AQUÍ

AUNQUE TE SIENTAS SOLA, DIOS DICE NUNCA TE DEJARÉ, YO ESTOY AQUÍ

Yo me senté en ese banco y lloré durante horas. Pensé que estaba sola. Que nadie me quería. Que todos se habían ido. Hasta que sentí un brazo sobre mi hombro. Era Él. Y me dijo: nunca te dejaré, yo estoy aquí.

Me llamo Jimena. Tengo 38 años. Y este dibujo que ves, de la chica llorando en un banco de madera en el campo y Jesús abrazándola por atrás, es mi historia. Lo viví tal cual hace 4 meses.

Yo tenía una familia. Un esposo, dos hijos, una casa. Pensé que era feliz. Hasta que un día descubrí que mi esposo tenía otra familia. Otra mujer. Otro hijo de 2 años. Llevaba 3 años engañándome.

Cuando lo confronté, no se disculpó. Se fue. Se fue con ella. Me dijo: “Ya no te quiero, me voy con la que sí me hace feliz”. Me dejó con dos niños, con todas las deudas, con la hipoteca, con el auto roto.

Mis amigas, las que yo pensé que eran amigas, se alejaron. Porque yo ya no era la esposa feliz que organizaba asados. Era la separada que lloraba. Les incomodaba.

Mi familia vive en otra provincia. Mis hijos me querían, pero eran chiquitos y no entendían por qué mamá lloraba tanto.

Me sentí la mujer más sola del mundo. Iba al supermercado y veía parejas agarradas de la mano y lloraba en el pasillo de la leche. Iba a la plaza y veía familias y lloraba en el banco.

Un domingo, mis hijos se fueron con mi mamá que vino a visitarlos. Me quedé sola en casa por primera vez en mucho tiempo. No aguantaba las cuatro paredes. Me fui a caminar al campo que hay detrás de mi pueblo. Hay un banco de madera viejo, igualito al del dibujo, rodeado de flores amarillas y violetas.

Me senté. Y lloré. Lloré como la chica del dibujo, con las manitos juntas, con la bufanda rosa, con la lágrima cayendo. Lloré por todo. Por mi matrimonio roto, por mi soledad, por sentir que no valía nada.

Le dije a Dios en voz alta: “¿Dónde estás? ¿Por qué me dejaste sola? Todo el mundo me dejó. Hasta Tú me dejaste”.

Y lloré más fuerte.

En ese momento, sentí algo. No fue viento. Fue un calor en mi espalda. Sentí un brazo que me rodeaba los hombros. Un brazo suave, pero firme.

Levanté la cabeza y, aunque no lo vi con mis ojos físicos, lo sentí con todo mi corazón. Era Jesús. Sentado a mi lado en el banco. Con su túnica blanca, su aureola dorada, con su manita en mi hombro, con su cabeza apoyada contra la mía.

Y me dijo, sin hablar, pero yo lo escuché adentro mío: “Aunque te sientas sola, yo te digo, nunca te dejaré, yo estoy aquí”.

No se fue. Se quedó sentado conmigo en ese banco durante más de una hora. Yo llorando, Él abrazándome. Sin juzgarme. Sin decirme “sé fuerte”. Solo estando.

Cuando me levanté para irme, ya no me sentía sola. Me sentía acompañada. Por primera vez en meses, no sentí ese vacío en el pecho.

Llegué a casa y encontré un mensaje de una vecina que nunca me había hablado. Me decía: “Jimena, te vi triste, hice pan casero, ¿querés venir a tomar mate conmigo?”. Fui. Y desde ese día, es mi mejor amiga.

A la semana, conseguí un trabajo de medio tiempo en una librería, que me permite estar con mis hijos a la tarde.

Y cada domingo, vuelvo a mi banco. Me siento sola, a propósito. Y espero a que Él venga y me abrace. Y siempre viene.

Mandé a hacer este dibujo y lo tengo en mi sala. Cada vez que mis hijos me preguntan: “Mamá, ¿por qué lloras?”, les digo: “No estoy llorando de tristeza, estoy recordando que aunque me sienta sola, Dios me dijo que nunca me dejará, que Él está aquí conmigo en este banco”.

Si tú hoy estás leyendo esto y te sientes sola. Si tu esposo te dejó, si tus amigas te abandonaron, si te sientes invisible, si lloras en un banco de una plaza sintiendo que nadie te ve.

Quiero que sepas que hay alguien sentado a tu lado ahora mismo, abrazándote los hombros, con su cabeza contra la tuya.

Hoy, cierra los ojos y escucha:

“Aunque te sientas sola, yo te digo, nunca te dejaré, yo estoy aquí”.

Porque te juro por mis lágrimas en ese banco de madera, que Él está aquí. Que nunca te dejó.

Escribe AMÉN si hoy te sientes sola y necesitas ese abrazo. Comparte este dibujo con una mujer que hoy está llorando sola en un banco y necesita saber que Dios está sentado a su lado.

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