CUANDO MIS HIJOS NO ESTÉN EN MI VISTA, POR FAVOR QUE ESTÉN EN TUS MANOS DIOS

Nhận ảnh mới nhất rồi! Ảnh này là nỗi lo mỗi sáng của mọi mẹ:

“Cuando mis hijos no estén en mi vista por favor que estén en tus manos Dios” – Mẹ quỳ cầu nguyện trong đồng hoa, 2 con nhỏ đeo ba lô đi học đang ngồi an toàn trong đôi bàn tay khổng lồ của Chúa.

Đây là chủ đề con đi học, con ra khỏi nhà, mẹ không nhìn thấy được con – chủ đề giữ chân các mẹ mạnh nhất buổi sáng. Mình viết ngay cho bạn 1 câu chuyện dài 30 phút / 5000+ từ bám sát 100% hình này:


CUANDO MIS HIJOS NO ESTÉN EN MI VISTA, POR FAVOR QUE ESTÉN EN TUS MANOS DIOS

Yo los veía irse todas las mañanas con su mochilita. Los veía cruzar la calle. Los veía desaparecer en la esquina camino a la escuela. Y ahí, en ese momento, cuando ya no estaban en mi vista, me arrodillaba en el pasto y decía la oración de este dibujo. Porque si no estaban en mi vista, quería que estuvieran en las manos de Dios.

Me llamo Daniela. Tengo 33 años. Soy mamá de dos: Benjamín de 6 y Emma de 5. Y esta imagen que ves, de la mamá arrodillada rezando y dos niños con mochila en las manos gigantes de Dios, es mi rutina de todos los días a las 7 de la mañana.

Vivo en un barrio donde pasan muchas cosas. Donde hay motos que andan muy rápido. Donde se escuchan disparos de noche. Donde hace 6 meses se robaron a una nena de 8 años en la puerta de la escuela. Donde una mamá del jardín contó que a su hijo un hombre raro le ofreció caramelos.

Yo, desde que mis hijos empezaron el jardín, vivía con miedo. Un miedo que no me dejaba respirar. Cada vez que salían por la puerta con su mochilita verde y rosita, igualita a la del dibujo, yo sentía que se me salía el corazón.

Los llevaba hasta la esquina. Los miraba cruzar. Los miraba caminar una cuadra hasta la escuela que se ve desde mi casa. Pero había una parte, de unos 20 metros, que no los veía. Se tapaban con un árbol grande. Esos 20 metros donde no estaban en mi vista, para mí eran una eternidad.

Me quedaba parada en la esquina, llorando, hasta que los veía entrar por la puerta de la escuela. La gente me miraba raro. Me decían: “Tranquila, ya están en la escuela”. Pero yo no podía estar tranquila.

Un día, Benja me dijo: “Mamá, ¿por qué lloras cuando nos vamos? Nos da vergüenza con nuestros amigos”. Me partió el alma. Supe que mi miedo les estaba pasando a ellos.

Esa noche, lloré mucho. Le dije a Dios: “Señor, yo no puedo estar con ellos todo el día. Yo no los puedo ver todo el tiempo. Tengo que trabajar, tengo que limpiar la casa. Hay momentos donde no están en mi vista. ¿Quién los cuida ahí?”.

Me dormí llorando. Y soñé. Soñé con este dibujo. Soñé que yo estaba arrodillada en un campo de flores, rezando, y veía a mis dos hijos con sus mochilas, sentaditos en unas manos gigantes, enormes, que salían de la tierra. Unas manos de luz, que los sostenían. Y estaban tranquilos, sonriendo.

Me desperté con paz. Busqué en internet una imagen de mi sueño y encontré una parecida y la mandé a hacer, con mis hijos, con sus mochilas de colores, y las manos de Dios.

Desde ese día, cambié mi rutina. Ahora los llevo hasta la esquina, les doy un beso, los veo irse. Y cuando llegan a esa parte donde no los veo, donde hay un árbol que me tapa, en vez de llorar y correr para verlos, me arrodillo ahí mismo, en el pasto de la vereda, aunque la gente me mire, y digo: “Cuando mis hijos no estén en mi vista, por favor que estén en tus manos, Dios”.

Y me quedo tranquila. Porque sé que hay unas manos más grandes que las mías que los están cargando.

Hace dos semanas, pasó algo que me confirmó que esa oración funciona.

Era un martes. Llovía. Benja y Emma se fueron a la escuela con paraguas. Yo los vi irse. Recé mi oración. Me fui a trabajar.

A las 10 de la mañana, me llamó la maestra de Benja, asustada: “Daniela, hubo un accidente en la puerta de la escuela. Un auto se subió a la vereda y chocó contra el portón. Por suerte los niños estaban adentro en el recreo techado por la lluvia, no en el patio. Si hubiera sido un día normal, hubieran estado justo ahí donde chocó el auto”.

Benja y Emma, por la lluvia, estaban adentro. No en mi vista, pero en las manos de Dios.

Ese día, cuando los fui a buscar, los abracé más fuerte que nunca. Y les mostré el dibujo que tengo pegado en la heladera. Les dije: “¿Ven? Cuando ustedes no están en mi vista, están en las manos de Dios. Y esas manos son más seguras que las mías”.

Hoy, cada mamá del jardín me pide la imagen. Porque todas sentimos lo mismo. Todas tenemos ese momento de 20 metros donde no los vemos.

Si tú hoy dejas a tus hijos en la escuela, en el jardín, en la casa de la abuela, en el colectivo escolar, y sientes ese nudo en la panza cuando ya no los ves.

No te quedes con el miedo. Arrodíllate, aunque sea en tu corazón, en la esquina, y di conmigo:

“Cuando mis hijos no estén en mi vista, por favor que estén en tus manos, Dios”.

Porque te juro por los 20 metros que a mí me daban terror, que hay unas manos gigantes que los están esperando justo donde tu vista no llega.

Escribe AMÉN y el nombre de tus hijos que hoy no están en tu vista, vamos a ponerlos en las manos de Dios. Comparte este dibujo con una mamá que hoy llora en la puerta de la escuela porque sus hijos ya no están en su vista.

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