QUE EN TU CASA NO FALTE AMOR, NO FALTE PAN Y NUNCA FALTE DIOS

QUE EN TU CASA NO FALTE AMOR, NO FALTE PAN Y NUNCA FALTE DIOS

Yo tenía una casa. Pero no tenía un hogar. Tenía techo, tenía paredes, pero adentro faltaba amor, faltaba pan, y Dios estaba afuera. Hasta que una mañana, nos arrodillamos los cuatro frente a nuestra casita, como en este dibujo, y pedí lo que dice acá: Que en tu casa no falte amor, no falte pan y nunca falte Dios. Y mi casa cambió.

Me llamo Lorena. Tengo 35 años. Soy mamá de Emma de 5 y Benja de 7, y esposa de Carlos, los cuatro del dibujo, arrodillados en el pasto con flores, con los ojos cerrados, frente a nuestra casita de tejas. Y esta imagen que ves, con Jesús chibi flotando arriba del techo con los brazos abiertos y una luz dorada que entra por la puerta, es mi casa hoy.

Hace un año, mi casa era un infierno. Carlos y yo discutíamos por plata. No alcanzaba para el pan. Comprábamos lo más barato. Los niños escuchaban los gritos. Yo rezaba, pero adentro de la casa, sola. Carlos no quería rezar. Decía que Dios no ponía pan en la mesa.

Una noche, nos quedamos sin pan. Literal. Sin un pedazo de pan para la cena de los niños. Les hice polenta con agua. Carlos golpeó la mesa y dijo: “Esta no es una casa, es una porquería”. Emma lloró.

Esa noche, después de que se durmieron, salí afuera, me senté frente a mi casa, la miré, y le dije a Dios: “Si Tú estás, entra a mi casa”.

Soñé con este dibujo. Soñé que estábamos los cuatro arrodillados frente a nuestra casa, como una familia, no peleando, rezando juntos. Y que Jesús estaba arriba del techo, no enojado, con los brazos abiertos, tirando luz dorada sobre nuestra casa, como si la estuviera bendiciendo. Y escuché: “Que en tu casa no falte amor, no falte pan y nunca falte Dios. En ese orden”.

Me desperté y se lo conté a Carlos. Le mostré el dibujo que había hecho una amiga, igualito a mi sueño. Le dije: “Vamos a probar 7 días. 7 días rezando juntos frente a la casa, aunque sea 2 minutos, pidiendo amor, pan y Dios”.

Carlos se rió, pero aceptó.

El primer día, nos arrodillamos los cuatro, con vergüenza, en el pasto, frente a la casa. Dijimos la oración. El segundo día, igual. El tercer día, Emma ya no quería levantarse, quería quedarse arrodillada.

Al cuarto día, pasó algo. Carlos llegó del trabajo y me trajo pan. Pan fresco, calentito. Me dijo: “Me pagaron un extra que me debían”. Hacía 3 meses que no traía pan.

Al quinto día, discutimos, pero en vez de gritar, Carlos me dijo: “Vamos afuera, a rezar lo del dibujo”. Salimos, nos arrodillamos y nos abrazamos llorando.

Al séptimo día, yo sentía que mi casa era otra. La misma casita de tejas, la misma puerta con flores, pero adentro había amor. Había pan. Y Dios ya no estaba afuera, estaba adentro, en el techo, como en el dibujo.

Hoy, todos los domingos a la mañana, antes de desayunar, nos arrodillamos los cuatro frente a nuestra casa, mirando el amanecer, y decimos juntos:

“Que en tu casa no falte amor, no falte pan y nunca falte Dios”.

Mis vecinos nos ven y algunos se ríen. Otros ya empezaron a hacerlo.

Si tú hoy tienes una casa, pero sientes que no tienes un hogar. Que falta amor porque solo hay gritos. Que falta pan porque no alcanza. Que Dios está lejos.

Sal hoy afuera, con tu familia, aunque sea sin ganas, arrodíllense frente a su casa y pidan en este orden: amor, pan y Dios.

Porque te juro por mi pan calentito del cuarto día, que cuando Dios entra por el techo, trae amor y trae pan.

Escribe AMÉN y el nombre de tu familia que hoy necesita esta bendición. Comparte este dibujo con una familia que hoy le falta amor, le falta pan o le falta Dios.

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