SEÑOR BENDICE LA SALIDA Y EL REGRESO DE MIS HIJOS, LLÉVALOS TRÁELOS CON BIEN, AMÉN

SEÑOR BENDICE LA SALIDA Y EL REGRESO DE MIS HIJOS, LLÉVALOS TRÁELOS CON BIEN, AMÉN

Yo aprendí que no alcanza con pedir solo por la ida. Hay que pedir por la vuelta también. Porque mi corazón no está tranquilo cuando se van, ni cuando tardan en volver. Por eso ahora, cada mañana en mi ventana, rezo lo que dice este dibujo: Señor, bendice la salida y el regreso de mis hijos, llévalos tráelos con bien, Amén.

Me llamo Teresa. Tengo 45 años. Soy mamá de dos: Matías de 8 y Mili de 6, los del dibujito con gorrito verde y mochila rosa. Y esta imagen que ves, de la mamá arrodillada en la ventana de su casita de piedra, los niños chiquitos en el camino de tierra y Jesús ángel arriba en el cielo con un puente de luz dorado, es mi ventana. Literal, mi ventana.

Vivo a 4 kilómetros de la escuela. Camino de tierra, sin asfalto, como el del dibujo, con colinas, con flores en la orilla. Mis hijos van y vienen caminando todos los días. Van a las 7:30 y vuelven a las 17:30, porque van a jornada completa.

Durante dos años, yo solo rezaba a la mañana. Me paraba en la ventana y decía: “Señor, que lleguen bien”. Y me quedaba medio tranquila. Pero a la tarde, cuando no volvían a la hora, me volvía a desesperar.

Una tarde de julio, no volvieron. Eran las 6 de la tarde, ya oscuro, y no volvían. Los llamé al celular viejito que les di. No atendían. Me puse zapatillas y salí a correr por el camino de tierra con una linterna.

Los encontré a mitad de camino, llorando, porque se les había roto la zapatilla a Mili y no podían caminar rápido y les daba miedo la oscuridad. Los abracé y los traje a casa.

Esa noche, en mi ventana, lloré. Le dije a Dios: “No alcanza con bendecir solo la salida. Bendice también el regreso. Porque el regreso también da miedo”.

Me dormí y soñé con este dibujo. Soñé que estaba en mi ventana, como siempre, viendo a mis hijos irse por el camino. Y arriba, en el cielo rosado, estaba Jesús con alas blancas, rezando, y desde sus manos salía un puente de luz dorada, brillante, con estrellitas, que iba desde mi casa hasta la escuela. Y mis hijos caminaban por abajo de ese puente de luz, protegidos. Cuando iban, el puente los llevaba. Cuando volvían, el mismo puente los traía de vuelta a mi casa.

Me desperté llorando de paz. Mandé a hacer el dibujo exactamente igual a mi sueño: mi ventana con cortina beige, mi pelo atado en rodete, mis flores, el camino, mis hijos de espaldas, y el puente de luz.

Desde ese día, mi oración cambió. Ahora, todas las mañanas a las 7:30, me arrodillo en el borde de mi ventana, con las manos juntas, y digo:

“Señor, bendice la salida y el regreso de mis hijos, llévalos tráelos con bien, Amén”.

Y me quedo mirando el puente de luz que solo yo veo. Y ya no tengo miedo ni a la ida ni a la vuelta.

Hace un mes, la maestra me contó algo que me confirmó todo.

Me dijo: “Teresa, el otro día hubo una tormenta eléctrica muy fuerte a la salida. Todos los papás estaban asustados. Tus hijos fueron los únicos que no lloraron. Mili me dijo: ‘No tengo miedo, mi mamá rezó para que un puente de luz nos lleve y nos traiga'”.

Yo no les había contado de mi sueño del puente de luz. Ellos lo vieron solos.

Si tú hoy dejas a tus hijos salir a la escuela, al colegio, a la universidad, al trabajo, y te quedas en la ventana mirando hasta que se pierden, y después miras el reloj esperando que vuelvan.

No reces solo por la mitad. Reza completo. Reza por la ida y por la vuelta.

Hoy, párate en tu ventana, como la mamá del dibujo, y di conmigo:

“Señor, bendice la salida y el regreso de mis hijos, llévalos tráelos con bien, Amén”.

Porque te juro por mi puente de luz dorado que va y viene, que hay un camino brillante que los lleva y los trae, aunque tú solo veas tierra.

Escribe AMÉN y el nombre de tus hijos que hoy salen y tienen que regresar. Comparte este dibujo con una mamá que hoy está en su ventana esperando que sus hijos se vayan y vuelvan con bien.

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