DONDE MIS OJOS NO LLEGAN, TÚ LLEGAS SEÑOR, CUIDA A MIS HIJOS POR MÍ

DONDE MIS OJOS NO LLEGAN, TÚ LLEGAS SEÑOR, CUIDA A MIS HIJOS POR MÍ

Yo los veía hasta la curva. Hasta ahí llegaban mis ojos. Después, el camino se perdía entre las colinas. Y yo me quedaba en la puerta, con las manos juntas, diciendo esta oración que ves en el dibujo. Porque donde mis ojos no llegan, Tú llegas Señor.

Me llamo Mariela. Tengo 39 años. Soy mamá de tres: el Benja de 7, la Emma de 5 y el Santino de 4. Los tres del dibujo, con sus mochilitas verde, rosa y celeste. Y esta imagen que ves, de la mamá en la puerta de la casita de piedra, y Jesús ángel gigante en medio del camino cuidando a los tres niños que se van chiquititos al fondo, es mi vida de lunes a viernes.

Vivo en el campo. A 3 kilómetros de la escuela rural. No hay transporte. Los niños van caminando por un camino de tierra, como el del dibujo, rodeado de flores silvestres.

Yo los acompaño hasta la puerta, les doy la bendición, y los veo irse. Los veo caminar 100 metros, 200 metros, 300 metros. Hasta que llegan a la curva del camino, donde hay un ombú grande. Ahí se pierden. Ahí ya mis ojos no llegan.

Y ahí empieza mi tortura. Desde que se pierden en la curva hasta que la maestra me manda un mensaje a las 8:30 diciendo “llegaron bien”, pasa una hora y media. Una hora y media donde yo no sé dónde están. Donde mis ojos no llegan.

Imaginaba todo. Que se cae Santino en un pozo. Que les sale un perro. Que pasa una camioneta rápido por el camino de tierra y no los ve. Que alguien se los lleva.

Me quedaba en la puerta, como la mamá del dibujo, mirando la curva, rezando.

Un día de invierno, con mucha niebla, no llegaron a las 8:30. Eran las 9 y la maestra no me escribía. La llamé. No atendía. Me volví loca. Me puse botas y salí corriendo por el camino de tierra, gritando sus nombres, con niebla que no me dejaba ver a 2 metros.

Corrí 1 kilómetro. Y los encontré. Venían los tres tomados de la mano, tranquilos, en medio de la niebla. Me abrazaron y me dijeron: “Mamá, nos perdimos un poquito porque no se veía, pero un señor con alas nos mostró el camino”.

Yo miré atrás. No había nadie. Solo niebla y flores mojadas.

Les pregunté: “¿Cómo era el señor?”. Emma, la del medio, me dijo: “Era grande, con pelo largo, con alas blancas, como el de tu dibujito que tienes en la puerta”.

Yo tengo este dibujo pegado en la puerta de mi casita, arriba de la cerradura azul. Lo mandé a hacer después de un sueño que tuve.

En el sueño, yo estaba en la puerta, llorando porque mis hijos habían desaparecido en la curva, y veía a Jesús gigante, con alas enormes, parado en medio del camino de tierra, con los ojos cerrados rezando, y mis tres hijos chiquititos caminando bajo su sombra, protegidos. Y escuché una voz que me dijo: “Donde tus ojos no llegan, yo llego”.

Desde ese día, ya no corro hasta la curva. Me quedo en mi puerta, con mis macetas de lavanda, con mis flores, y cuando se pierden en la curva, digo en voz alta:

“Donde mis ojos no llegan, Tú llegas Señor, cuida a mis hijos por mí”.

Y me quedo en paz. Porque sé que hay un guardián con alas en la curva.

La semana pasada, el papá de otra nena de la escuela me contó que su camioneta se quedó sin frenos en ese camino de tierra, justo en la curva donde mis hijos se pierden. Me dijo: “No sé cómo no atropellé a nadie, sentí como si algo me frenara la camioneta”. Yo sí sé qué lo frenó.

Si tú hoy dejas a tus hijos en el jardín, en la escuela, en la universidad, en otra ciudad, y hay un lugar del camino donde tus ojos ya no llegan.

No sufras. No te quedes con el corazón en la mano todo el día.

Párate en tu puerta hoy, como la mamá del dibujo, junta tus manos y di conmigo:

“Donde mis ojos no llegan, Tú llegas Señor, cuida a mis hijos por mí”.

Porque te juro por mi curva con niebla, que donde tú no llegas, Él sí llega. Y los cuida por ti.

Escribe AMÉN y el nombre de tus hijos que hoy están donde tus ojos no llegan. Comparte este dibujo con una mamá que hoy está en la puerta de su casa llorando porque sus hijos se fueron y ya no los ve.

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