SEÑOR QUE MIS HIJOS REGRESEN SIN PELIGRO A CASA CON BIEN ESPERO SU REGRESO

SEÑOR QUE MIS HIJOS REGRESEN SIN PELIGRO A CASA CON BIEN ESPERO SU REGRESO

Yo me ponía en la puerta a las 5 de la tarde. Todos los días. Con las manos juntas, mirando el camino. Porque mis hijos se iban a las 7 de la mañana y volvían a las 5. Y esas 10 horas que no estaban conmigo, yo solo podía hacer una cosa: pararme en la puerta y decir esta oración que ves en el dibujo. Señor, que mis hijos regresen sin peligro a casa, con bien, espero su regreso.

Me llamo Lucía. Tengo 36 años. Soy mamá de Benja de 7 y Emma de 5, los mismos del dibujo, con su gorrito verde y su mochilita rosa. Y esta imagen que ves, de la mamá arrodillada en la puerta de su casita de piedra esperando y los niños volviendo con Jesús ángel detrás, es mi foto de cada tarde.

Vivo a 15 cuadras de la escuela. En mi pueblo no hay colectivo escolar. Los niños van caminando. Van con otros niños, pero sin adulto. Porque todos los papás trabajamos.

Al principio, yo los iba a buscar. Pero conseguí un trabajo en una tienda que sale a las 6 de la tarde. No podía ir a buscarlos. Tenían que volver solos.

El primer día que volvieron solos, yo me morí. Me paré en la puerta a las 4:30, aunque salían a las 5. Cada moto que pasaba, pensaba que los atropellaba. Cada hombre que pasaba, pensaba que se los llevaba. Miraba el reloj cada 30 segundos.

Llegaron 5:20. Bien. Pero yo ya había llorado todo.

El segundo día, lo mismo. El tercer día, lo mismo.

Mi vecina me decía: “Lucía, te vas a enfermar. Dejalos, ya son grandes, el pueblo es tranquilo”. Pero yo había escuchado en la tele que en el pueblo de al lado se había perdido una nena volviendo de la escuela. Que un nene lo mordió un perro. Que a otro lo atropelló un auto.

No podía estar tranquila.

Una tarde, no llegaron a las 5:20. Eran 5:40 y no llegaban. Salí corriendo por el camino, descalza, gritando sus nombres: “¡Benja! ¡Emma!”. Corrí 5 cuadras, llorando, imaginándome lo peor.

Y los encontré. Venían tranquilos, caminando, comiendo una mandarina que les había regalado la señora de la esquina. Me vieron llorando y me dijeron: “Mamá, ¿por qué lloras? Estamos bien”.

Esa noche, me arrodillé en la puerta de mi casita, igual que la mamá del dibujo, con mis plantitas de lavanda y mis flores en la ventana, y le dije a Dios: “Señor, yo no puedo ir a buscarlos todos los días. Pero Tú sí puedes ir con ellos. Por favor, que mis hijos regresen sin peligro a casa, con bien. Yo espero su regreso”.

Me quedé dormida rezando en la puerta.

Al día siguiente, antes de que se fueran a la escuela, les enseñé una oración. Les dije: “Cuando vuelvan caminando, recen bajito: Jesús, acompáñanos a casa”. Ellos se rieron, pero lo hicieron.

Desde ese día, yo no salgo a esperarlos a las 4:30. Salgo a las 5:20, me arrodillo en mi puerta, con las manos juntas, mirando el camino del atardecer, y digo mi oración. Y espero. Con paz.

Hace una semana, pasó algo que me hizo entender que no espero sola.

Era un viernes de tormenta. Cielo negro. Viento fuerte. Mis hijos salían a las 5 y eran las 5:50 y no llegaban. La tormenta ya había empezado. Yo estaba en la puerta, con miedo, rezando fuerte: “Señor, que mis hijos regresen sin peligro a casa, con bien”.

De repente, los vi al final del camino. Venían corriendo, con sus mochilas, empapados, pero riéndose. Detrás de ellos, venía un señor de pelo largo, con barba, con túnica blanca y alas grandes, como un ángel. Igualito al Jesús del dibujo.

Pensé que era un vecino que los ayudaba por la lluvia. Corrí a abrazar a mis hijos y cuando levanté la vista para agradecerle al señor, ya no estaba. No había nadie en el camino. Solo el campo.

Le pregunté a Benja: “¿Quién era el señor que venía detrás de ustedes?”. Benja me dijo: “¿Qué señor, mamá? Veníamos solos. Pero sentimos que alguien nos tapaba la lluvia. No nos mojamos tanto la cabeza”.

Emma me dijo: “Mamá, yo sentí que alguien me llevaba de la mano”.

Yo lloré. Entramos a casa, nos abrazamos los tres en la puerta, y les mostré el dibujo que tengo pegado al lado de la puerta azul. Les dije: “¿Ven? Es Él. Es el que los acompaña cuando yo no puedo”.

Hoy, todas las tardes a las 5:20, me arrodillo en mi puerta de piedra, con mis macetas, y espero su regreso con esta oración en la boca.

Si tú hoy estás leyendo esto esperando que tus hijos vuelvan de la escuela, del colegio, del trabajo, de la calle, y miras el reloj cada 30 segundos, y cada moto que pasa te da miedo.

Quiero que te pares en tu puerta hoy, te arrodilles, y digas conmigo:

“Señor, que mis hijos regresen sin peligro a casa, con bien, espero su regreso”.

Porque te juro por mi espera de cada tarde a las 5:20, que hay un ángel con alas que los va acompañando por el camino, aunque tú no lo veas. Y te los va a traer con bien.

Escribe AMÉN y el nombre de tus hijos que hoy esperas que regresen, vamos a orar para que vuelvan sin peligro. Comparte este dibujo con una mamá que hoy está parada en su puerta esperando a sus hijos.

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