CUANDO MI HIJO ENTRA A LA ESCUELA ENTRA CONTIGO DIOS CUÍDALO

CUANDO MI HIJO ENTRA A LA ESCUELA ENTRA CONTIGO DIOS CUÍDALO

Yo recé esa oración todos los días durante un año. Todos los días dejaba a mi hijo en la puerta de esa escuela con el corazón roto, porque sabía lo que le hacían adentro. Lo que no sabía es que Dios sí había entrado con él, y estaba esperando el día perfecto para mostrarme que Él lo había estado cuidando todo este tiempo.

Me llamo Daniela. Tengo 31 años. Soy mamá de Benjamín, de 5 años. Y esta foto que estás viendo, del niño entrando a la escuela con la mano de Dios sobre él, la mandé a hacer yo. La hice después del peor año de mi vida.

Benja nació prematuro. De 7 meses. Pesó 1 kilo 800. Estuvo 20 días en incubadora. Desde que nació, fue un niño muy sensible, muy chiquito, muy dulce. No era el niño más fuerte, ni el más rápido. Era el niño que lloraba si veía un perrito triste. El niño que compartía su galleta aunque tuviera hambre.

Cuando cumplió 4, lo metí al preescolar. Era una escuela privada, bonita, que me costaba muchísimo pagar. Yo trabajaba doble turno como secretaria para pagarla porque quería que tuviera la mejor educación.

El primer mes, todo bien. Benja entraba feliz con su mochilita celeste con una estrellita amarilla, igualita a la del dibujo. Me decía adiós con la manita.

Al segundo mes, empezó a cambiar. No quería ir a la escuela. Lloraba todas las mañanas. Se agarraba de mi pierna en la puerta y gritaba: “¡No quiero entrar, mamá! ¡No quiero!”.

Yo pensé que era adaptación. La maestra me decía: “Es normal, señora, todos los niños lloran”. Pero Benja no lloraba como los demás. Él temblaba. Llegaba a casa con la ropa sucia, con arañazos en los brazos. Un día llegó con su mochila rota.

Le preguntaba: “¿Qué pasó, mi amor?”. Él me decía: “Me caí”. Pero no me miraba a los ojos.

Una noche, bañándolo, le vi moretones en la espalda. Moretones en forma de dedos. Como si alguien lo hubiera empujado fuerte contra algo. Me quedé helada.

“Benja, ¿quién te hizo esto?”.

Se puso a llorar. Me dijo: “Fueron los niños grandes. Me dicen enano. Me empujan. Me quitan la merienda. Me dicen que no tengo papá porque mi papá se fue. Y la maestra no me hace caso. Me dice que no sea llorón”.

Mi hijo estaba sufriendo bullying. A los 4 años. En un preescolar donde yo pagaba una fortuna para que lo cuidaran.

Fui a hablar con la directora. La directora me dijo: “Señora, son cosas de niños. Su hijo es muy sensible. Tiene que aprender a defenderse”.

Fui a hablar con la maestra. La maestra me dijo: “Yo tengo 30 niños, no puedo estar pendiente de uno solo”.

Me sentí sola. Impotente. No podía sacarlo de la escuela porque ya había pagado todo el año y no tenía dinero para otra. No podía quedarme con él en casa porque tenía que trabajar.

Entonces empecé a hacer lo único que podía hacer. Cada mañana, cuando lo dejaba en esa reja negra, igualita a la del dibujo, yo me quedaba parada en la vereda, aunque él ya hubiera entrado llorando, y rezaba. Rezaba la oración que después puse en el dibujo:

“Cuando mi hijo entra a la escuela, entra contigo Dios, cuídalo”.

Lo decía llorando. Todos los días. Durante 8 meses. Los otros papás me miraban raro. Pero yo lo hacía. Porque era lo único que podía hacer. Yo no podía entrar con él, pero le pedía a Dios que entrara con él.

Le decía: “Dios, yo no puedo estar adentro, pero Tú sí. Tú entra con él. Siéntate a su lado. Cúbrelo con tu mano. Que no le peguen. Que no le quiten su comida. Cuídalo”.

Benja siguió sufriendo. Llegaba callado. Ya no hablaba. Ya no jugaba. Solo se abrazaba a su mochilita celeste y se dormía.

Yo seguía rezando en la reja.

Hasta que un martes, hace 3 meses, pasó el milagro.

Ese martes, yo lo dejé en la reja como siempre. Recé: “Entra con él, Dios, cuídalo”. Y me fui a trabajar. A las 10 de la mañana, me llamó la directora. Su voz temblaba.

“Señora Daniela, ¿puede venir urgente? Su hijo… su hijo hizo algo”.

Salí corriendo, pensando lo peor. Que le habían pegado más fuerte. Que se había caído.

Cuando llegué a la escuela, vi algo que nunca voy a olvidar.

En el patio, estaban todos los niños sentados en círculo. En el medio del círculo estaba Benja. De pie. Con su mochilita celeste. Y estaba hablando. Benja, mi hijo que no hablaba, que era tímido, estaba hablando fuerte.

La directora me agarró del brazo, llorando, y me dijo: “Señora, hoy había una actividad de decir qué quieren ser de grandes. Los niños grandes se estaban burlando de su hijo. Le dijeron enano de nuevo. Y su hijo, por primera vez en el año, no se puso a llorar. Se paró. Y les dijo: Mi mamá dice que cuando yo entro a la escuela, Dios entra conmigo y me cuida. Y si Dios entra conmigo, ustedes no me pueden hacer nada. Porque la mano de Dios es más grande que ustedes”.

Los niños se quedaron en silencio. La maestra se quedó en silencio. Y uno de los niños grandes, el que más lo molestaba, un niño de 6 años, se acercó y le pidió perdón. Le dijo: “Perdóname, yo no sabía que Dios entraba contigo”.

La directora me dijo: “Señora, nunca había visto algo así. Su hijo les dio una lección a todos. Incluso a nosotros, los adultos”.

Ese día, Benja volvió a casa diferente. Caminaba erguido. Sonreía. Me dijo: “Mamá, hoy Dios sí entró conmigo. Lo sentí. Sentí su mano grande sobre mí”.

Desde ese día, nunca más le hicieron bullying. Al contrario, los niños ahora quieren sentarse con él. Le dicen: “Benja, el del Dios grande”. La maestra ahora lo cuida. La directora me pidió perdón.

Yo mandé a hacer el dibujo. Exactamente como yo me imaginaba mi oración todos esos meses: mi hijo chiquito con su mochila celeste entrando por la reja de la escuela, y la mano gigante de Dios, llena de luz, entrando con él, cubriéndolo.

Lo imprimí y lo pegué en la puerta de entrada de mi casa. Todos los papás de la escuela ahora tienen una copia.

Si tú hoy dejas a tu hijo en la escuela con el corazón apretado, con miedo porque sabes que le hacen bullying, porque sabes que la maestra no lo cuida, porque sabes que hay niños crueles.

No te quedes llorando en la reja y te vayas. Quédate 10 segundos más. Pon tu mano sobre la reja y di conmigo, con toda tu fe:

“Cuando mi hijo entra a la escuela, entra contigo Dios, cuídalo”.

Porque te juro por la mochilita celeste de mi hijo, que Dios sí entra. Y su mano es más grande que cualquier niño malo, que cualquier maestra indiferente, que cualquier miedo.

Escribe AMÉN y el nombre de tu hijo que entra a la escuela, y vamos a orar para que la mano de Dios entre con él mañana. Comparte este dibujo con una mamá que hoy lloró dejando a su hijo en la escuela.

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