SEÑOR CUBRE A MI HIJO CON TU SANGRE PRECIOSA DONDE QUIERA QUE VAYA

SEÑOR CUBRE A MI HIJO CON TU SANGRE PRECIOSA DONDE QUIERA QUE VAYA

Yo hice esa oración la mañana que mi hijo se salvó de morir. Si yo no la hubiera hecho esa mañana, hoy mi hijo no estaría vivo. Te lo juro por Dios.

Me llamo Karina. Tengo 37 años. Soy mamá de Facundo, de 7 años. Y esta imagen que estás viendo, de Jesús sentado sobre una burbuja roja de sangre preciosa que cubre a un niño con mochila, yo la vi con mis propios ojos. No en un dibujo. En la vida real.

Facundo es mi único hijo. Su papá nos abandonó cuando yo estaba embarazada de 6 meses. Me dijo: “No quiero ser padre”. Y se fue a otro país. Nunca más supe de él.

Yo crié a Facu sola. Trabajando como cajera en un supermercado. Vivíamos en un barrio muy peligroso. Un barrio donde todos los días había robos, tiros, droga. Yo todos los días tenía miedo cuando Facu iba a la escuela, porque tenía que cruzar 8 calles, solo, con 7 años, porque yo entraba a trabajar a las 6 de la mañana y no lo podía llevar.

Todos los días, antes de que se fuera, yo hacía lo mismo. Me arrodillaba, le ponía mi mano en la cabeza y decía la oración que mi abuela me enseñó: “Señor, cubre a mi hijo con tu sangre preciosa, donde quiera que vaya. Que ningún mal lo toque, que ningún accidente lo alcance, que ningún hombre malo lo mire”.

Era mi ritual. Todos los días. Sin faltar uno.

Hace 2 meses, un martes, me desperté con una angustia horrible. Soñé que a Facu lo atropellaba un coche. Me desperté llorando a las 5 de la mañana. Facu todavía dormía. Lo miré dormir y le recé más fuerte que nunca. Le dije: “Señor, hoy más que nunca, cúbrelo con tu sangre. Donde quiera que vaya”.

Esa mañana, Facu se fue a la escuela con su gorrito verde y su mochila verde con lápices, igualito al del dibujo. Yo lo vi desde la ventana hasta que dobló la esquina.

A las 8:30 de la mañana, mientras yo estaba en la caja del supermercado, empezó a sonar mi celular sin parar. Era la mamá de un compañerito de Facu. Gritaba.

“¡Karina, vení rápido! ¡Hubo un accidente en la esquina de la escuela! ¡Un coche se subió a la vereda y atropelló a varios niños!”

Sentí que el mundo se me venía abajo. Dejé la caja, salí corriendo, sin pedir permiso. Corrí 10 cuadras llorando, gritando el nombre de mi hijo: “¡FACU! ¡FACU!”.

Cuando llegué a la esquina de la escuela, había una ambulancia, policía, gente gritando. Un coche negro se había quedado sin frenos y se había subido a la vereda justo a la hora que los niños entraban. Había atropellado a 3 niños. Uno estaba en el suelo, con la pierna sangrando.

Y mi hijo no estaba.

Pregunté gritando: “¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde está Facundo, el del gorrito verde?”.

Una maestra me agarró, llorando, y me dijo: “Tu hijo está bien. Está adentro de la escuela. Pero tienes que hablar con él, porque dice algo raro”.

Entré corriendo a la escuela. Facu estaba sentado en la dirección, con su mochilita verde puesta, temblando, pero sin un rasguño. Lo abracé. Lo abracé tan fuerte que pensé que lo iba a quebrar.

“¿Estás bien? ¿Estás bien, mi amor? ¡Pensé que te había pasado algo!”.

Y Facu, con 7 años, me dijo algo que me hizo caer de rodillas ahí mismo, en la dirección de la escuela.

“Mamá, el coche me iba a atropellar a mí. Yo estaba en la vereda. El coche venía directo hacia mí. Cerré los ojos. Y sentí que algo me cubría. Como una burbuja roja, brillante. Y escuché una voz que me dijo: no temas. Y el coche me esquivó. Pasó al lado mío, pero no me tocó. Como si hubiera algo que no lo dejara tocarme”.

La maestra que estaba al lado me dijo: “Karina, yo vi todo por la cámara de la escuela. Es verdad. El coche venía directo hacia tu hijo. Todos pensamos que lo atropellaba. Pero a un metro de él, el coche como que rebotó. Como si hubiera chocado contra algo invisible. Se desvió y atropelló a los otros niños que estaban más atrás. Fue muy raro. Los policías no se lo explican”.

Yo no necesitaba explicación. Yo había visto esa burbuja en mi sueño. Era la burbuja de sangre preciosa. Era la oración que yo había hecho a las 5 de la mañana.

Esa tarde, busqué en internet “Jesús cubre a un niño con burbuja de sangre”. Y encontré esta imagen. Exactamente lo que mi hijo me describió: Jesús sentado arriba de una cúpula roja brillante, cubriendo a un niño con mochila y gorrito verde. Era igual. Igual a lo que Facu me contó.

La imprimí en tamaño grande. La tengo pegada en la puerta de mi casa. Todos los vecinos vienen a verla.

Facu volvió a la escuela al día siguiente. Ya no tiene miedo. Me dice: “Mamá, ahora ya sé que cuando salgo, entro en la burbuja. Y nadie me puede tocar”.

Los otros 3 niños que fueron atropellados están bien, gracias a Dios. Con fracturas, pero vivos. Sus mamás ahora también rezan mi oración. Todas las mañanas, en la puerta de la escuela, somos 4 mamás rezando: “Señor, cubre a nuestros hijos con tu sangre preciosa donde quiera que vayan”.

Si tú hoy dejas a tu hijo ir solo a la escuela, al colegio, a la calle, y sientes ese miedo en el estómago de que algo le pueda pasar.

Haz lo que yo hice. Arrodíllate hoy, ponle tu mano en la cabeza y dile con toda tu fe:

“Señor, cubre a mi hijo con tu sangre preciosa donde quiera que vaya”.

Porque te juro por la vida de mi hijo Facundo, que esa sangre sí es una burbuja real. Que lo cubre. Que lo protege del coche, del hombre malo, del accidente, de la enfermedad.

Escribe AMÉN y el nombre de tu hijo, vamos a cubrirlo todos juntos con la sangre preciosa hoy. Comparte este dibujo con una mamá que hoy tiene miedo de dejar a su hijo salir a la calle.

Leave a Comment