MI HIJO ESTÁ LEJOS, DIOS CUÍDALO DONDE YO NO PUEDO
El día que mi hijo se fue, yo me quedé de rodillas en el campo. Lo vi irse con su valijita. Lo vi hacerse chiquito en el horizonte. Y lo único que pude hacer fue rezar lo que dice este dibujo, porque mis brazos ya no alcanzaban para cuidarlo.
Me llamo Rosa. Tengo 58 años. Soy mamá de David, de 23. Y este dibujo que estás viendo lo hice yo, con lágrimas, la noche que mi hijo se fue a Estados Unidos.
David es mi único hijo. Lo tuve a los 35, después de que los doctores me dijeron que nunca podría tener hijos. Fue un milagro. Su papá murió cuando David tenía 2 años, de un infarto. Desde entonces, fuimos solo él y yo. En una casita pequeña en el campo, rodeada de flores, igualita a la del dibujo.
Él era mi todo. Mi compañero. Me ayudaba a sembrar. Me leía cuentos. Cuando yo lloraba por su papá, él, con 5 años, me limpiaba las lágrimas y me decía: “No llores mamá, yo te voy a cuidar”.
Lo vi crecer. Lo vi hacerse un hombre bueno, trabajador, pero en un pueblo donde no había futuro. Donde el trabajo del campo no alcanzaba para comer. Donde los jóvenes se iban todos.
A los 20, David me dijo: “Mamá, me quiero ir. Me quiero ir a Estados Unidos. Allá está mi primo, dice que hay trabajo. Quiero ir para construirte una casa mejor. Para que no trabajes más”.
Yo le dije que no. Le dije que no me dejara sola. Que me daba miedo. Que en la tele decían que el camino era muy peligroso. Que el desierto mata. Que la migra, que los coyotes.
Pero él me dijo: “Mamá, si me quedo aquí, nos morimos de hambre los dos igual. Déjame ir. Yo te prometo que te voy a mandar dinero y te voy a traer conmigo”.
Durante 3 meses lloré todas las noches. Hasta que un día, acepté. Porque lo amaba tanto que prefería verlo irse a verlo quedarse sin futuro.
El día que se fue era un martes de marzo. A las 5 de la mañana. Había niebla en el campo. Él llevaba una mochila y una valijita chiquita con ruedas, igualita a la del dibujo. Y llevaba su pasaporte en el bolsillo. Iba a tomar un bus hasta la ciudad, y de ahí un avión con visa de turista que le había conseguido su primo, y allá se iba a quedar a trabajar.
Nos abrazamos en el campo, en medio de las flores que yo misma había sembrado. Él lloraba. Yo lloraba. Me dijo: “Cuídame desde aquí, mamá”.
Lo vi irse. Lo vi caminar. Cada paso que daba, se hacía más chiquito. Yo me quedé de rodillas, como la mamá del dibujo, con las manos juntas, llorando, con una lágrima que me caía, igualita.
Y cuando ya casi no lo veía, levanté la vista al cielo y vi un avión. Un avión chiquito que dejaba una estela blanca. Era el avión que él iba a tomar horas después. Y sentí una mano. No una mano humana. Una mano gigante, de luz, que bajaba del cielo y que iba con él. Que lo cubría con un rayo de luz dorada.
Y recé, grité: “¡Mi hijo está lejos, Dios, cuídalo donde yo no puedo! ¡Donde mis ojos no lo ven, que lo vean los Tuyos! ¡Donde mis brazos no lo alcanzan, que lo alcancen los Tuyos!”.
Los primeros 3 meses fueron un infierno. David llegó a Estados Unidos. Trabajaba en construcción, 12 horas al día, bajo el sol. Dormía en un cuarto con 6 personas. Me llamaba llorando: “Mamá, tengo frío, tengo miedo, extraño tus frijoles”. Yo le decía: “Hijo, Dios te está cuidando donde yo no puedo”.
Un día no me llamó. Un día, dos días, tres días. Me volví loca. Pensé que lo habían deportado, que lo habían asaltado, que se había muerto. Llamé a su primo, no contestaba.
Al cuarto día, a las 3 de la mañana, me llamó. Llorando. Me dijo: “Mamá, me asaltaron. Iba saliendo del trabajo y me pusieron una pistola. Me quitaron todo. Me quitaron mi sueldo de la semana. Me pegaron. Pensé que me iban a matar”.
Yo me tiré de rodillas en el mismo campo, en el mismo lugar donde lo vi irse. Y volví a rezar la misma oración, pero gritando: “¡Mi hijo está lejos, Dios, cuídalo donde yo no puedo!”.
A la semana siguiente, David me volvió a llamar. Me dijo: “Mamá, no vas a creer lo que pasó. Después de que me asaltaron, el dueño de la construcción donde trabajo me vio llorando y me preguntó qué pasó. Le conté. Y me dijo: ‘Yo te voy a cuidar’. Me subió el sueldo, me dio un cuarto solo para mí y me dijo que yo era como su hijo. Dice que Dios le dijo que me cuidara”.
Yo sabía que era Dios. Que había escuchado mi oración.
Pasaron 2 años. David trabajó duro. Me mandaba dinero todos los meses. Me construyó una casita nueva, de material, ya no de madera. Me puso flores nuevas.
Hace un mes, me llamó y me dijo: “Mamá, ven. Ya junté para traerte. Ya te conseguí la visa. Vas a venir a vivir conmigo. Ya no vas a estar sola”.
Y ayer, yo me subí por primera vez en mi vida a un avión. El mismo avión que vi en el cielo hace 2 años. Tenía mucho miedo. Pero cuando el avión despegó, miré por la ventana y vi las nubes. Y vi, entre las nubes, esa mano gigante de luz que yo había visto el día que mi hijo se fue. Y entendí que esa mano nunca lo dejó solo. Y que ahora venía por mí.
Hoy estoy en Estados Unidos con mi hijo. Vivimos juntos. Y tengo el dibujo pegado en la pared de nuestra nueva casita. Cada vez que David sale a trabajar, yo me quedo en la puerta, mirándolo irse con su lonchera, y rezo:
“Mi hijo está lejos, Dios, cuídalo donde yo no puedo”.
Porque aunque ahora vivimos juntos, él sigue saliendo a un mundo peligroso. Y mis brazos siguen siendo cortos. Pero las manos de Dios son largas. Llegan hasta donde yo no puedo.
Si tú hoy tienes a tu hijo lejos, en otro estado, en otro país, en otra ciudad, trabajando, estudiando, y te quedas de rodillas en tu campo llorando porque no lo puedes abrazar.
Quiero que reces conmigo hoy:
“Mi hijo está lejos, Dios, cuídalo donde yo no puedo”.
Porque te juro que hay una mano gigante que lo va acompañando. Que lo cubre con luz. Y que un día, como a mí, te lo va a traer de vuelta.
Escribe AMÉN y el nombre de tu hijo que está lejos, y vamos a orar por todos ellos. Comparte este dibujo con una madre que hoy llora porque su hijo está lejos.