PON TU MANO SOBRE MI HIJO ENFERMO Y SÁNALO SEÑOR

PON TU MANO SOBRE MI HIJO ENFERMO Y SÁNALO SEÑOR

Nunca voy a olvidar el sonido de esa máquina.

Pip… pip… pip… Cada pip era un segundo que mi hijo seguía vivo. Cada silencio entre pip y pip era una eternidad donde yo pensaba que su corazón se había detenido.

Mi nombre es Lorena. Tengo 29 años. Soy mamá de Thiago, de 3 años. Y esta foto que estás viendo, de una mamá de rodillas al lado de la cuna de su hijo enfermo mientras una mano gigante de luz baja del cielo, la dibujé yo. La dibujé en la noche más oscura de mi vida, en la sala de espera de terapia intensiva, mientras mi hijo se moría.

Thiago nació sano. Fue un embarazo perfecto. Un parto perfecto. Un bebé gordo, de 3 kilos 900, que comía mucho y lloraba poco. Hasta los 2 años, nunca se había enfermado de nada grave. Una gripe, un moco, lo normal.

A los 2 años y medio, empezó con fiebre. Una fiebre de 38 que no bajaba. Lo llevé a la pediatra. Me dijo: “Es viral, dale paracetamol”. Le di. La fiebre no bajaba. Al día siguiente tenía 39. Lo llevé de nuevo. “Es la garganta, dale antibiótico”. Le di. La fiebre seguía en 39.5.

Al tercer día, le salieron moretones en las piernas. Moretones morados, grandes, sin haberse golpeado. Y estaba pálido. Pálido como una hoja de papel. Y no quería comer. No quería jugar. Solo quería estar acostado.

Esa noche, a las 2 de la mañana, su fiebre llegó a 40.2. Lo metí en la bañera con agua fría y él ni siquiera lloró. Solo me miraba con sus ojitos tristes. Ahí supe que algo muy malo estaba pasando.

Lo llevé a urgencias. El doctor de urgencias le miró los moretones, le miró las encías pálidas, le tocó la panza. Su bazo estaba inflamado. Le mandó un análisis de sangre urgente. Un hemograma.

A la hora, el doctor volvió. Su cara había cambiado. Ya no era el doctor amable. Era un doctor serio, pálido. Me hizo pasar a un consultorio chiquito, sin ventanas.

“Señora, ¿el papá de Thiago puede venir?”, me preguntó.

“Está trabajando de noche, ¿qué pasa doctor?”, le dije.

Me tomó las manos y me dijo: “Los glóbulos blancos de tu hijo están por las nubes. Tiene más de 80.000 cuando lo normal es 10.000. Y sus glóbulos rojos y plaquetas están por el suelo. Tenemos que derivarlo ya mismo al hospital de niños. Parece una leucemia. Una leucemia linfoblástica aguda. Es cáncer en la sangre”.

Cáncer. Leucemia. En mi hijo de 2 años y medio. En mi bebé que hasta ayer jugaba a la pelota.

Me desmayé. Me caí al suelo del consultorio.

Me desperté en una camilla, con una enfermera poniéndome oxígeno. Y Thiago, mi chiquito, sentado en una silla, mirándome, sin entender nada, con su mantita azul de estrellitas, la misma mantita que sale en el dibujo.

Nos llevaron en ambulancia al hospital de niños. Nos metieron en oncología. Esa palabra: oncología infantil. Un pasillo lleno de niños pelados, con barbijos, con suero. Niños de 2, de 3, de 5 años, con cáncer. Yo pensaba que el cáncer era de viejos. No de bebés.

Le hicieron una punción de médula ósea a Thiago al día siguiente. Sin anestesia general, solo local, porque era urgente. Yo lo tuve que sostener mientras le metían una aguja gigante en la cadera para sacarle sangre de adentro del hueso. Gritó. Gritó como nunca lo había escuchado gritar. Y yo gritaba con él por dentro.

El resultado llegó en 24 horas: Leucemia Linfoblástica Aguda tipo B, de alto riesgo. 97% de blastos en su médula. Su sangre estaba llena de células cancerosas.

Esa noche nos pasaron a terapia intensiva porque su potasio estaba muy alto y podía darle un paro cardíaco. Lo canalizaron en los dos bracitos. Le pusieron una vía en el cuello. Le empezaron a pasar quimioterapia. Quimio a un nene de 2 años. Veneno para matar el cáncer, pero que también mata todo lo bueno.

Los primeros 15 días fueron un infierno. Thiago vomitaba todo. No comía. Se le cayó el pelo. Todo su pelo rizado, hermoso, se le cayó en la almohada. Se le hinchó la cara por los corticoides. No me reconocía por la fiebre. Tenía 40 de fiebre todos los días por la quimio.

Yo no dormí 15 días. Dormía sentada en una silla de plástico, agarrándole la manita. Mi esposo se turnaba conmigo. Llorábamos en el pasillo para que Thiago no nos viera.

Una noche, la peor de todas, la número 12. Thiago había tenido una convulsión por la fiebre. Los médicos lo habían estabilizado, pero estaba muy mal. Saturaba bajo. Tenía 88 de oxígeno. Le habían puesto oxígeno. Estaba pálido, dormido, con su mantita azul de estrellas que yo le había llevado de casa.

Eran las 3 de la mañana. Yo estaba sola con él en la habitación de terapia. Mi esposo había ido a comprar café. Las enfermeras estaban haciendo cambio de turno. Y la máquina empezó a pitar más lento. Pip… pip…… pip. Su corazón se estaba desacelerando.

Entré en pánico. Apreté el botón de emergencias. Pero mientras venían, hice lo único que una madre puede hacer cuando la medicina ya no alcanza.

Me tiré de rodillas al lado de su cunita, exactamente como la mamá del dibujo. Puse mis manitas juntas, como me enseñó mi abuela, y grité, pero grité bajito, para no asustar a mi hijo:

“¡Pon tu mano sobre mi hijo enfermo y sánalo Señor! ¡Pon tu mano sobre mi hijo! ¡No te lo lleves! ¡Todavía es muy chiquito! ¡Pon tu mano, Señor, pon tu mano!”.

Y mientras rezaba, con los ojos cerrados, llenos de lágrimas, vi en mi mente la imagen. Vi una mano gigante, llena de luz dorada, bajando del cielo, llena de estrellitas, poniéndose sobre la cabecita de Thiago. Una mano como la del dibujo.

No sé cuánto tiempo recé. Fueron minutos, pero parecieron horas.

De repente, sentí una manita tibia en mi cabeza. Abrí los ojos. Era Thiago. Se había despertado. Tenía los ojos abiertos. Me estaba tocando el pelo. Y la máquina: pip pip pip pip. Rápido. Normal. 98 de oxígeno. 120 de corazón.

Las enfermeras entraron corriendo. Vieron el monitor y se miraron. Una dijo: “Se estabilizó solo. Justo a tiempo”.

Yo sabía que no fue solo. Fue esa mano.

Al día siguiente le hicieron un hemograma. Los glóbulos blancos habían bajado de 80.000 a 15.000 en una noche. Los doctores dijeron: “La quimio está respondiendo mejor de lo esperado”.

Pero yo sabía que no era solo la quimio.

Thiago pasó 1 mes y medio internado. Tuvo 4 ciclos de quimio fuertes. Vomitó, se hinchó, se peló, lloró. Pero nunca más volvió a estar tan grave como esa noche.

Cuando por fin nos dieron el alta, la doctora oncóloga, una mujer que había visto morir a muchos niños, me dijo llorando: “Lorena, tu hijo es un milagro. De 10 niños que entran como entró él, con 97% de blastos y esa fiebre, 8 no salen. Thiago salió. No sé qué hiciste esa noche, pero sigue haciéndolo”.

Llegamos a casa. Lo primero que hice fue dibujar. No soy dibujante, pero dibujé como pude: yo de rodillas, Thiago en su cunita con su mantita azul de estrellas, y la mano grande de Dios bajando con luz. Y arriba escribí la oración que me salvó: “Pon tu mano sobre mi hijo enfermo y sánalo Señor”.

Lo imprimí y lo pegué en la pared de su cuarto. Todos los días, a la mañana y a la noche, antes de darle la quimio tomada, nos arrodillamos los dos frente al dibujo. Él ahora ya sabe decir la oración. Con su vocecita peladita, dice: “Mano, Sano, Señor”.

Hoy Thiago tiene 3 años y medio. Está en mantenimiento. Va a estar 2 años más con quimio más suave, pero ya hace vida normal. Ya le creció el pelo. Rizado de nuevo. Ya va al jardín. Ya juega a la pelota.

Cada 15 días vamos al hospital a control. Cada vez que le pinchan para sacarle sangre, él mira el dibujo que llevamos en la billetera, el de la mano, y dice: “No duele, mamá. La mano de Dios está”.

Si tú hoy estás leyendo esto desde una sala de hospital, con tu hijo enfermo, con una máquina haciendo pip pip, con miedo, con frío en el estómago.

Quiero que te arrodilles, aunque sea en tu corazón, al lado de su cunita, y digas conmigo, con toda tu fe, aunque sea chiquita:

“Pon tu mano sobre mi hijo enfermo y sánalo Señor”.

Porque te juro por la vida de mi hijo Thiago, que esa mano sí baja. Que esa mano sí toca. Que esa mano sí sana.

Escribe en los comentarios AMÉN y el nombre de tu hijo enfermo, y vamos a orar todos juntos para que esa mano de luz llegue hoy mismo a su cunita. Comparte este dibujo con otra mamá que hoy necesita un milagro.

Tu hijo va a sanar. Decrétalo.

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