TU HISTORIA NO HA TERMINADO, DIOS SIGUE ESCRIBIENDO

TU HISTORIA NO HA TERMINADO, DIOS SIGUE ESCRIBIENDO

El día que mi esposo me dejó, yo pensé que mi historia había terminado.

Literalmente pensé que ahí se acababa mi libro.

Me llamo Isabella. Tengo 38 años. Y si estás viendo este dibujo, yo fui la niña que está sentada al lado de Jesús, viendo como Él sigue escribiendo mi historia. Solo que yo no lo sabía.

Te voy a contar cómo mi historia terminó, para que entiendas cómo volvió a empezar.

Me casé a los 23 años. Con mi primer y único novio, Felipe. Éramos novios desde la secundaria. Fue mi primer beso, mi primer amor, mi primer todo. Todos en mi pueblo decían que éramos la pareja perfecta. Nos casamos en la iglesia del pueblo, con un vestido prestado de mi prima porque no teníamos dinero para uno nuevo.

A los 24, tuvimos a nuestra primera hija, Renata. A los 27, a nuestra segunda hija, Camila. Yo era feliz. Era ama de casa. Cuidaba a mis niñas, hacía el almuerzo, ayudaba con la tarea. Felipe trabajaba como mecánico en el taller de su padre. No teníamos lujos, pero teníamos amor. O eso creía yo.

Cuando Renata tenía 12 y Camila 9, Felipe empezó a cambiar. Llegaba tarde. No contestaba el celular. Se bañaba en cuanto llegaba del trabajo, cosa que nunca hacía antes. Se miraba mucho al espejo. Se compró ropa nueva.

Todas mis amigas me decían: “Isabella, tu esposo tiene otra”. Yo me enojaba con ellas. Les decía que Felipe no era así. Que nosotros éramos diferentes. Que llevábamos 15 años juntos.

Hasta que un martes, a las 10 de la noche, me llegó un mensaje a mi Facebook. Era de una mujer que no conocía. El mensaje decía: “¿Tú eres la esposa de Felipe? Tienes que saber que él tiene otra familia. Conmigo. Y tenemos un bebé de 6 meses”.

Me quedé helada. Le mostré el mensaje a Felipe cuando llegó. No lo negó. No lloró. No pidió perdón. Solo me miró y me dijo: “Isabella, ya no te amo. Hace mucho que no te amo. Me quedé por las niñas, pero ya no puedo más. Me voy”.

Y se fue. Esa misma noche. Agarró una maleta, metió 4 camisas y se fue. Dejándome con dos niñas dormidas en el cuarto, con una hipoteca de 15 años, con una nevera vacía y con un mensaje en Facebook que me había destruido la vida en 3 líneas.

Los primeros tres meses fueron el infierno. No comía. Bajé 12 kilos. No dormía. Me la pasaba revisando el perfil de la otra mujer. Viendo fotos de mi esposo cargando a un bebé que no era mío. Viendo fotos de él sonriendo, una sonrisa que hacía años no me daba a mí.

Renata, mi hija mayor de 12 años, empezó a reprobar en la escuela. Se volvió rebelde. Me gritaba: “¡Tú tuviste la culpa de que mi papá se fuera! ¡Porque te descuidaste! ¡Porque te ves fea!”.

Camila, la chiquita de 9, dejó de hablar. Literalmente. Iba a la escuela, regresaba, se encerraba en su cuarto y no decía una palabra. La psicóloga de la escuela me dijo: “Su hija está en depresión infantil por el abandono de su padre”.

Me quedé sin dinero. Tuve que vender mi anillo de matrimonio para pagar la luz. Empecé a limpiar casas. Yo, que nunca había trabajado fuera de mi casa, a los 36 años, estaba limpiando baños de otras personas para poder darle de comer a mis hijas.

Una noche, era un domingo a las 11 de la noche. Mis hijas por fin se habían dormido después de llorar toda la tarde porque era el cumpleaños de Felipe y él no había llamado. Yo estaba sentada en el suelo de la cocina, con una pila de platos sucios, sin jabón para lavarlos, con la carta del banco que decía que si no pagaba en 10 días, nos quitaban la casa.

Y pensé: “Hasta aquí llegó mi historia. Este es el final. Soy una mujer de 36 años, abandonada, sin dinero, con dos hijas rotas, sin futuro. Mi libro se acabó aquí, en el suelo de una cocina sucia”.

Me arrodillé ahí mismo, en el suelo, y por primera vez en 3 meses, recé. Pero no recé bonito. Recé con rabia.

Le dije a Dios: “¿Dónde estás? ¿Tú ves esto? ¿Tú ves lo que me hicieron? ¿Por qué me dejaste? Yo te serví. Yo fui fiel. Yo fui buena esposa. ¿Y así terminas mi historia? ¿En el suelo?”.

Y me quedé dormida ahí, en el suelo de la cocina, llorando.

Soñé. Soñé algo que nunca había soñado.

Soñé que estaba en un campo hermoso, lleno de flores blancas. El cielo era dorado, como un amanecer. Y yo estaba sentada en el pasto, con un vestido morado, como una niña. Y a mi lado estaba un hombre con barba, con una aureola de luz dorada en su cabeza, con una túnica blanca. Era Jesús. Pero no era el Jesús serio de las iglesias. Era un Jesús joven, chibi, tierno, con ojos grandes y dulces.

Frente a nosotros había un libro enorme, abierto, que brillaba. El libro estaba escrito hasta la mitad. Yo podía ver páginas llenas de mi letra: mi boda, el nacimiento de Renata, el nacimiento de Camila. Y luego, las últimas páginas estaban llenas de manchas de lágrimas, de tachones, de la palabra “FIN” escrita con mi letra temblorosa.

Y en el sueño, Jesús me miró, sonrió y me dijo: “¿Por qué escribiste FIN? Tu historia no ha terminado”.

Yo le dije: “Porque ya no hay nada más que escribir. Me dejaron. Estoy sola. No tengo nada”.

Él tomó una pluma de ave blanca y la mojó en luz. Y empezó a escribir en la página siguiente, justo después de donde yo había escrito FIN. Mientras escribía, la página brillaba. Me dijo: “Yo sigo escribiendo. Y lo que viene es hermoso. Pero tienes que dejarme escribir. Deja de querer cerrar el libro”.

Me desperté. Eran las 4 de la mañana. Estaba todavía en el suelo de la cocina. Pero mi corazón ya no estaba en el suelo. Sentí una paz rarísima.

Me levanté, agarré una hoja de papel y dibujé lo que había soñado: Yo sentada al lado de Jesús, mientras Él escribe en un libro grande y brillante. Y arriba escribí la frase que Él me dijo en el sueño: “Tu historia no ha terminado, Dios sigue escribiendo y lo que viene es hermoso”.

Lo pegué en la pared de mi cocina. Justo frente a donde yo lavaba los platos.

Y decidí hacer algo que no había hecho en 3 meses: dejar de escribir el final y dejar que Dios escribiera.

Al día siguiente, en lugar de quedarme llorando, le pedí a mi vecina que me cuidara a las niñas y fui a la municipalidad. Pedí un puesto para vender empanadas en la feria del domingo. Me dijeron que no había puestos. Pero la señora de la municipalidad me miró y me dijo: “Mija, justo ayer una señora dejó su puesto. ¿Lo quieres?”. Era el primer brillo en el libro.

Empecé a vender empanadas. El primer domingo vendí 20 dólares. El segundo, 50. El tercero, 100. Conocí a otras mujeres emprendedoras. Una de ellas, Marta, me dijo: “Isabella, ¿por qué no haces un curso de repostería online? Tú tienes buena mano”.

Hice el curso en el celular prestado de mi hija. Mientras mis hijas dormían, yo veía videos de cómo hacer tortas.

Renata, mi hija rebelde, un día me vio haciendo una torta y se acercó. No me dijo nada, pero me ayudó a batir la mezcla. Fue la primera vez en 3 meses que no me gritaba. Esa noche, ella misma me mostró el dibujo que había hecho en la escuela: éramos las tres tomadas de la mano. Abajo decía: “Mi familia”. Ya no estaba Felipe. Éramos nosotras tres.

Camila, mi chiquita que no hablaba, un día llegó de la escuela con una maestra nueva. Una maestra joven que había llegado a la escuela hacía una semana. La maestra me dijo: “Hoy Camila habló. En clase de arte. Dijo: Mi mamá hace las mejores empanadas del mundo”. Yo me puse a llorar en medio de la escuela.

Pasaron 6 meses. Mis empanadas y tortas ya eran famosas en el barrio. Ya no limpiaba casas. Tenía mi propio emprendimiento. Pagué la hipoteca. Pude comprarle zapatos nuevos a mis niñas.

Un día, un señor llegó a comprarme empanadas. Era el dueño de una cafetería grande del centro. Probó una y me dijo: “Señora, ¿usted me haría 100 empanadas diarias para mi cafetería? Le pago bien”.

100 empanadas diarias. Era más dinero del que Felipe ganaba en su taller.

Le dije que sí.

Hoy, un año y medio después de que Felipe se fue, tengo dos locales. Tengo 6 empleadas, todas madres solteras como yo. Mis hijas van a una mejor escuela. Renata volvió a ser la primera de su clase y ahora dice que quiere ser abogada para defender a mujeres como yo. Camila habla hasta por los codos y dice que quiere ser chef como su mamá.

Felipe volvió hace 3 meses. La otra mujer lo dejó. Vino a mi casa, llorando, pidiéndome perdón, diciendo que quería volver. Que su historia con la otra mujer había terminado.

Lo miré. Lo miré con lástima, no con amor. Le mostré el dibujo que todavía está pegado en mi cocina, el de Jesús escribiendo mi libro.

Le dije: “Felipe, mi historia no terminó cuando tú te fuiste. De hecho, mi historia empezó cuando tú te fuiste. Porque ese día, Dios tomó la pluma. Y lo que escribió después de que tú escribieras FIN, fue mucho más hermoso que todo lo que escribimos juntos. Así que no, no puedes volver. Porque en esta nueva página, ya no hay espacio para ti”.

Se fue agachado. Llorando.

Si tú estás leyendo esto hoy, sentada en el suelo de tu cocina, pensando que tu historia terminó porque te dejaron, porque te despidieron, porque te diagnosticaron algo, porque perdiste a alguien.

Quiero que escuches esto:

Tu historia no ha terminado.

Aunque tú hayas escrito FIN con lágrimas, Dios tiene la pluma ahora. Y Él sigue escribiendo. Y te juro por mis hijas y por mis empanadas, que lo que viene es hermoso. Mucho más hermoso de lo que dejaste atrás.

No cierres el libro. Deja que Él siga escribiendo.

Si este mensaje tocó tu corazón, escribe en los comentarios: MI HISTORIA CONTINÚA, y comparte este dibujo con alguien que hoy cree que su libro ya se acabó. Dile que todavía quedan páginas en blanco, y que las más hermosas están por escribirse.

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