MI HIJO ES MI MAYOR BENDICIÓN, GRACIAS DIOS

MI HIJO ES MI MAYOR BENDICIÓN, GRACIAS DIOS

Me dijeron que abortara a mi hijo porque venía con síndrome de Down. Me dijeron que iba a ser una carga. Que iba a arruinar mi vida. Que nunca iba a poder abrazarme ni decirme mamá.

Hoy, 4 años después, esa es la foto que tengo como fondo de pantalla de mi celular. Yo abrazando a mi hijo en un campo de flores, con el sol pegándonos en la cara. Y cada vez que la veo, le digo a Dios: gracias. Porque mi hijo no es una carga. Mi hijo es mi mayor bendición.

Mi nombre es Valeria. Tengo 34 años. Y esta es la historia de la decisión más difícil y más hermosa de mi vida.

Me casé con Esteban a los 28. A los 30 quedé embarazada por primera vez. Perdí a ese bebé a las 8 semanas. Fue un aborto espontáneo. Los doctores dijeron que era muy común, que no me preocupara. Pero yo me sentí culpable durante un año.

A los 32 quedé embarazada de nuevo. Esta vez todo iba bien. A las 12 semanas fuimos a la ecografía. El doctor, un hombre mayor, se quedó mirando la pantalla mucho tiempo. Midió la translucencia nucal del bebé. Midió una, dos, tres veces.

“Valeria, Esteban, veo un pliegue nucal un poco aumentado. Y el hueso nasal no se ve muy claro. Esto puede ser un marcador para síndrome de Down. Les recomiendo hacerse una amniocentesis para estar seguros”.

Me acuerdo que salí de esa clínica temblando. Busqué en Google “marcadores síndrome de Down ecografía 12 semanas”. Y me metí en el peor hoyo de mi vida. Leí cosas horribles. Cosas que decían que mi hijo nunca iba a ser independiente, que siempre iba a necesitar cuidados, que iba a sufrir mucho.

Esteban me dijo: “Amor, hagámonos la amniocentesis y vemos. Sea lo que sea, lo enfrentamos juntos”.

La amniocentesis es una aguja gigante que te meten en la panza para sacar líquido de donde está el bebé. Me dolió el cuerpo y me dolió el alma. Tuvimos que esperar 15 días para el resultado. 15 días sin dormir.

El día que nos llamaron, yo estaba trabajando. Era una martes a las 3 de la tarde. La genetista me dijo: “Valeria, el resultado del cariotipo es positivo para trisomía 21. Tu bebé tiene síndrome de Down”.

Me caí al suelo en mi oficina. Mis compañeras corrieron a ayudarme.

Esa tarde fuimos con Esteban a hablar con la genetista. Una mujer joven, con voz muy dulce, nos dijo algo que nunca voy a olvidar.

“Ustedes son jóvenes. Tienen tiempo. Este bebé va a necesitar muchos cuidados, terapias, operaciones del corazón porque el 50% de los bebés con Down nacen con cardiopatía. Va a tener retraso mental. Probablemente nunca vaya a una escuela normal. Va a ser una carga emocional y económica muy grande para ustedes. Todavía están a tiempo de interrumpir el embarazo de forma legal y segura. Es una decisión muy personal, pero es lo que la mayoría de las parejas en su situación hace. Les doy una semana para pensarlo”.

Salimos de ahí destrozados. En el coche, Esteban lloraba. Yo lloraba. No hablábamos.

Esa noche, mi madre me llamó. Le conté. Mi madre, que es muy católica, me dijo llorando: “Hija, no lo mates. Por favor, no lo mates. Dios te lo mandó por algo”.

Mi suegra, en cambio, llamó a Esteban y le dijo: “Hijo, piénsalo bien. Ustedes son jóvenes. Van a tener otros hijos sanos. No se condenen a una vida de sufrimiento”.

Durante una semana, no dormí. Soñaba con un niño. En mi sueño, yo estaba en un campo lleno de flores, como el de la foto que ves ahora, abrazando a un bebé. El sol nos daba de frente. Y yo sentía una paz enorme. Y me despertaba llorando.

Faltaba un día para que se venciera el plazo que nos dio la doctora para decidir. Esteban y yo no habíamos hablado del tema. Teníamos miedo de hablar.

Esa noche, me arrodillé en el cuarto del bebé, que ya habíamos empezado a pintar de color amarillo, y le hablé a Dios. Le dije: “Dios, yo no sé qué hacer. Tengo mucho miedo. Miedo de no ser suficiente para este bebé. Miedo de que sufra. Miedo de que me odie por haberlo traído a un mundo que es cruel con los diferentes. Pero también tengo miedo de abortarlo y arrepentirme toda mi vida. Por favor, dame una señal. Dime qué hacer”.

Al día siguiente, fuimos al hospital para hacerme el último control antes de la decisión final. En la sala de espera, había una mujer con un niño de unos 3 años con síndrome de Down. El niño estaba jugando, riéndose a carcajadas, abrazando a su mamá. La mamá lo miraba con un amor que yo nunca había visto. Un amor puro, sin condiciones.

Me acerqué a ella. Le dije: “Disculpa, ¿puedo preguntarte algo? ¿Es difícil?”.

Ella me miró, sonrió y me dijo: “¿Difícil? Sí, a veces es difícil. Tiene que ir a terapia, tiene que ir al cardiólogo. La gente en la calle a veces lo mira raro. Pero ¿sabes qué? Mi hijo es mi mayor bendición. Gracias a él, yo aprendí lo que es el amor de verdad. El que no pide nada a cambio. Si volviera a nacer, le pediría a Dios que me mandara exactamente al mismo hijo. Ni una cromosoma menos”.

Esa mujer, sin saberlo, me dio la respuesta.

Entré a la consulta. Le dije a la genetista: “Doctora, no vamos a interrumpir el embarazo. Vamos a tener a nuestro hijo. Y va a ser nuestra mayor bendición”.

La doctora me miró sorprendida. Me dijo: “¿Están seguros? Va a ser muy duro”.

Le dije: “Sí. Estamos seguros. Porque si Dios nos eligió a nosotros para ser sus papás, es porque sabe que nosotros sí podemos amarlo”.

El resto del embarazo fue hermoso. Dejé de tener miedo. Le hablaba a mi panza todos los días. Le decía: “Bebé, no sé cómo eres, pero ya te amo más que a mi vida. Y tú eres mi bendición”.

Mateo nació un 14 de octubre, a las 38 semanas, por cesárea. Pesó 2 kilos 800 gramos. Cuando me lo pusieron en el pecho, no lloró. Me miró. Me miró fijo a los ojos con sus ojitos rasgados, hermosos, y me sonrió. Una sonrisa chiquita, pero fue una sonrisa.

Y sí, tenía síndrome de Down. Y sí, tenía una cardiopatía. A los 4 meses lo operaron a corazón abierto. Fueron 8 horas de cirugía. Yo me quedé afuera, rezando, con la misma foto que había visto en mi sueño en la mente: yo abrazándolo en un campo de flores.

Mateo salió de la cirugía. El cirujano me dijo: “Su hijo es un guerrero. Su corazón ahora está perfecto”.

Hoy Mateo tiene 4 años. Va a terapia 3 veces por semana. Va a una escuela regular con apoyo. Habla. Habla mucho. Dice mamá, dice papá, dice te amo todo el día. Abraza. Abraza a todo el mundo. Si alguien está triste, él lo siente y va y lo abraza.

No hay un solo día en que no me haga reír. Ayer me trajo una flor del jardín y me dijo: “Mamá, bonita, para ti”.

¿Es difícil? Sí, a veces es difícil. A veces la gente en el supermercado lo mira raro. A veces tengo que explicar que tiene Down. A veces me canso de las terapias.

Pero ¿sabes qué? Esa mujer de la sala de espera tenía razón.

Mi hijo es mi mayor bendición. Gracias a él, yo soy una mejor mujer. Gracias a él, aprendí que la perfección no existe, que los cromosomas no miden el amor, y que un abrazo de un niño con Down vale más que mil abrazos de cualquier otra persona en el mundo.

Ayer fuimos al campo. Le pedí a una fotógrafa que nos hiciera una foto. Le dije: “Quiero que nos hagas una foto abrazados, con el sol de frente, en un campo de flores”. Y nos hizo la foto que estás viendo ahora. Cuando la vi, lloré. Porque era exactamente la foto de mi sueño de hace 4 años. Era Dios diciéndome: “¿Ves? Te dije que era tu mayor bendición”.

Si tú hoy estás embarazada y te acaban de dar un diagnóstico como el mío, si tienes miedo, si te dicen que interrumpas, quiero que escuches mi historia.

Tu hijo no es un error. No es una carga. No es un problema cromosómico.

Tu hijo es tu mayor bendición. Y un día vas a entender por qué Dios te eligió a ti.

Si esta historia te tocó el corazón, escribe en los comentarios GRACIAS DIOS POR MI BENDICIÓN y comparte esta foto con una mamá que hoy necesita escuchar que su hijo, sea como sea, es perfecto.

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