NO TENGAS MIEDO DICE DIOS YO ESTOY CONTIGO EN ESTE CAMINO OSCURO
Yo pensé que ese camino oscuro nunca se iba a acabar. Que me iba a quedar sola, llorando, perdida en el bosque. Hasta que sentí una mano que agarró la mía y una luz que me alumbró el camino. Era Él.
Me llamo Marta. Tengo 53 años. Soy mamá, abuela y viuda. Y este dibujo que ves, de la mujer llorando en un camino oscuro y Jesús agarrándole la mano con una antorcha, me pasó a mí. Literal. Lo viví.
Hace un año, mi vida se volvió un camino oscuro. En 3 meses, me pasó todo junto.
Primero, se murió mi esposo. Mi esposo de 35 años juntos, Roberto. De un infarto fulminante mientras dormía. Yo me desperté al lado de un cuerpo frío. Grité. Llegó la ambulancia, pero ya no había nada que hacer.
A las dos semanas de enterrarlo, mi hijo mayor, que vive en España, me llamó y me dijo que no iba a poder venir al funeral ni a ayudarme porque había perdido su trabajo allá y no tenía dinero para el pasaje.
A la semana siguiente, me diagnosticaron cáncer de mama. Un nódulo de 2 centímetros, maligno. Tenía que operarme y hacer quimioterapia.
Y a los 15 días de eso, me robaron. Entraron a mi casa mientras yo estaba en el hospital haciéndome estudios. Se llevaron todo. El televisor, la plata que tenía guardada para la operación, hasta las joyas de mi mamá muerta.
En un mes y medio, me quedé sin esposo, sin hijo cerca, con cáncer y sin plata. Mi camino, que siempre había sido clarito, con flores, se volvió un bosque oscuro, lleno de niebla, lleno de miedo. Igualito al del dibujo.
Yo lloraba todos los días. Tenía miedo de todo. Miedo a morirme. Miedo a la operación. Miedo a quedarme sola. Miedo a no poder pagar la quimio. Miedo a que mis nietos se olvidaran de mí. Era ese miedo que te paraliza, que te hace llorar con la boca abierta, como la mujer del dibujo, con lágrimas cayendo.
Mi hija menor me decía: “Mamá, tenés que ser fuerte, tenés que tener fe”. Pero yo le decía: “¿Cómo voy a tener fe si no veo nada? Si todo está oscuro?”.
Una noche, después de mi primera quimio, estaba muy mal. Vomitando, sin pelo, porque se me había caído todo el pelo en la almohada. Me sentía horrible. Me miré al espejo y no me reconocí. Y me fui a caminar. Me escapé del hospital donde estaba internada y me fui a caminar por el parque que está detrás del hospital. Era de noche. Había niebla. Era un camino de tierra, oscuro, con árboles grandes, igualito al del dibujo.
Me senté en una piedra y empecé a llorar. A llorar fuerte. Le dije a Dios: “¿Dónde estás? Me dejaste sola en este camino oscuro. Tengo miedo. Mucho miedo”.
Y en ese momento, escuché pasos. Pensé que era un enfermero que venía a buscarme. Levanté la vista, llorando.
Era un hombre. Un hombre joven, de barba, con túnica blanca, con una aureola dorada en la cabeza, con una antorcha en la mano. Igualito al Jesús del dibujo. Me miró con una ternura infinita y me dio la mano.
No me dijo mucho. Solo me dijo: “No tengas miedo. Yo estoy contigo en este camino oscuro”.
Y me agarró la mano. Su mano era caliente. Y la antorcha que llevaba iluminó todo el camino. De repente, el camino ya no era oscuro. Se veían las flores azules del costado, que antes no veía por la niebla. Se veía el cielo rosado del atardecer, que antes no veía por mi miedo.
Me llevó de vuelta al hospital, de la mano. No hablamos. Solo caminamos. Y cuando llegamos a la puerta, desapareció. Las enfermeras me dijeron: “Marta, ¿dónde estabas? Te estábamos buscando. ¿Con quién venías agarrada de la mano? Estabas hablando sola”.
Yo les dije: “Venía con Jesús. Él me dijo que no tenga miedo, que Él está conmigo en este camino oscuro”.
Desde esa noche, todo cambió. No es que se solucionó todo mágicamente. Mi esposo no volvió. Mi cáncer no se fue de un día para el otro. Pero yo ya no tenía miedo. Porque sabía que no estaba sola en el camino oscuro.
Mi operación salió perfecta. Me sacaron el tumor completo. La quimioterapia, aunque dura, la pasé con paz. Una señora de la iglesia, que escuchó mi historia, hizo una colecta y me pagó toda la quimio. Mi hijo de España consiguió trabajo y vino a verme el mes pasado. Y mi casa, aunque sin tele, ahora tiene algo más importante: tiene paz.
Ayer me dieron el alta definitiva. El doctor me dijo: “Marta, estás limpia. No hay más cáncer”. Lloré, pero ya no de miedo, de alegría.
Mandé a hacer este dibujo, exactamente como lo viví esa noche en el parque: yo, llorando, con miedo, en el camino oscuro, y Jesús, agarrándome fuerte la mano, con su antorcha alumbrando.
Lo tengo pegado en mi mesita de luz. Cada noche que me da un poquito de miedo, lo miro y escucho su voz: “No tengas miedo, yo estoy contigo en este camino oscuro”.
Si tú hoy estás leyendo esto y estás en un camino oscuro. Si se te murió alguien, si te diagnosticaron una enfermedad, si te quedaste sin trabajo, sin plata, sin amor. Si sientes que la niebla no te deja ver.
Quiero que sepas que no estás sola. Que hay una mano que quiere agarrar la tuya. Que hay una antorcha que quiere alumbrar tu camino.
Hoy, di conmigo, aunque estés llorando como la mujer del dibujo:
“No tengo miedo, porque Dios está conmigo en este camino oscuro”.
Porque te juro por mi cáncer curado, que ese camino oscuro se va a acabar. Y vas a ver las flores azules de nuevo.
Escribe AMÉN si hoy estás en un camino oscuro y necesitas que Jesús te agarre la mano. Comparte este dibujo con una mujer que hoy tiene miedo y necesita una antorcha.